Las acciones estadounidenses decidieron que septiembre era el mes perfecto para empezar una dieta de números rojos, cayendo con la gracia de un elefante en una cristalería. El culpable de este desastre financiero es un coctel explosivo: los rendimientos de los bonos están más altos que un adolescente en un concierto y el precio del petróleo se disparó. Para rematar, las tensiones entre Estados Unidos e Irán volvieron a calentar el ambiente, como esa tía que siempre saca temas incómodos en la cena familiar, despertando el fantasma de la inflación y las ganas de la Reserva Federal de subir las tasas hasta la estratósfera.
El Nasdaq, hogar de las delicadas acciones tecnológicas, lidera las pérdidas como si fuera un niño sensible al que le quitaron su juguete favorito, el dinero barato. El S&P 500 y el Dow Jones no se quedaron atrás y se unieron a la fiesta del pesimismo. Históricamente, septiembre ya tiene mala fama; el S&P 500 ha perdido un promedio de 0,8% durante este mes en las últimas tres décadas. Es casi una tradición, como quejarse del tráfico de los lunes, pero con más ceros a la derecha.
La locura no es solo local, es una pandemia de pánico financiero global. El rendimiento de la deuda japonesa a 10 años alcanzó el 3%, una cifra que no se veía desde 1996, cuando los teléfonos móviles todavía tenían antena. En el Reino Unido, la tasa a 30 años se trepó hasta el 5,89%, su máximo desde 1998. Básicamente, el mercado de bonos soberanos a nivel mundial está con una fiebre que no se veía desde la crisis de 2008, y todos sabemos cómo terminó esa fiesta.
Y si la economía no estaba lo suficientemente condimentada, va y se lía en el estrecho de Ormuz. Dos superpetroleros, el Sidr y el Senegal Prosperity, recibieron unos regalitos inesperados en forma de proyectiles, lo que reavivó las dudas sobre si el petróleo podrá seguir fluyendo con normalidad. Como era de esperar, el barril de Brent subió a 92,13 dólares y el West Texas a 87,78 dólares, añadiendo más leña al fuego de la inflación que ya amenaza con quemarnos las pestañas.
Con este panorama, uno pensaría que el oro sería el refugio de los cobardes con dinero, pero ¡sorpresa! El metal dorado también se fue de bruces, cayendo a su nivel más bajo en dos semanas. Quienes sí están celebrando son las compañías mineras de oro, que tuvieron su mejor agosto desde 1994. Parece que en tiempos de incertidumbre, la gente prefiere tener acciones de tipos que cavan hoyos a tener el metal brillante en sí, una lógica tan retorcida como un guion de telenovela.
Mientras tanto, los inversionistas esperan nuevos datos económicos como quien espera los resultados de un examen médico que salió regular. La atención se centra en la Reserva Federal, para ver si su próximo movimiento será subir las tasas con la delicadeza de un cirujano o con la fuerza de un luchador de sumo. Todos contienen la respiración, esperando a que se anuncie si el castigo será una semana sin postre o un mes entero a pan y agua.





