Wall Street celebra una inflación que no asusta a nadie, como quien aprueba un examen con la nota mínima

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Parece que los nervios en Wall Street están tan a flor de piel que una noticia simplemente “no terrible” ya es motivo para descorchar el champán barato. La bolsa tuvo un día de optimismo contenido, después de que el informe de inflación de julio resultara ser tan emocionante como ver secar la pintura. El S&P 500 y el Nasdaq se pusieron sus mejores galas con modestas subidas, mientras el veterano Dow Jones se quedó en un rincón refunfuñando con una caída casi imperceptible.

El gran protagonista de la jornada fue el Índice de Precios al Consumidor, que con un aumento del 0.1% mensual y un 3.4% anual, cumplió las expectativas de los analistas, ni más ni menos. En el mundo de las finanzas, que las cosas salgan exactamente como se esperaba es el equivalente a un milagro. Esta ausencia de drama le dio a los inversores la esperanza de que la Reserva Federal, esa entidad con el poder de arruinarle el día a todo el mundo, se quede con las manos en los bolsillos en septiembre.

Claro que esto no es una garantía. Los expertos salieron a decir que esto le da a la Fed “más tiempo para esperar”, que es la forma elegante de decir que pueden seguir procrastinando antes de decidir si hunden el barco o no. La posibilidad de una subida de tasas no ha sido eliminada por completo, sigue ahí, acechando como un cobrador de deudas en la puerta de tu casa, recordándote que la tranquilidad nunca dura demasiado.

Y como si la jornada no fuera lo suficientemente extraña, en el rincón de las materias primas ocurrió algo digno de un acto de magia. Mientras todos miraban con pánico el estrecho de Ormuz, Estados Unidos descubrió que tenía 17.4 millones de barriles de petróleo extra escondidos bajo el sofá, el mayor aumento de inventarios en más de tres años. Una noticia que debería calmar los precios, pero que apenas logró hacer cosquillas a la preocupación global por la oferta.

Así que el panorama quedó servido: la inflación se porta bien, dándole un respiro a los mercados, pero las tensiones energéticas y un posible déficit mundial mantienen el riesgo a la vuelta de la esquina. El oro, por su parte, aprovechó la confusión para brillar, como siempre hace cuando el resto del mundo parece no tener ni idea de lo que está pasando.

En resumen, Wall Street celebró que las cosas no empeoraron, lo que en estos tiempos ya cuenta como una victoria épica. Los inversores se van a dormir un poco más tranquilos, aunque con un ojo abierto, no vaya a ser que a la Fed le dé por tuitear algo a las tres de la mañana.

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