JPMorgan le pide a la Fed que se tome un té de tilo y deje de tocar los botones de la economía

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Mientras usted y yo hacemos malabares para que el sueldo alcance hasta el fin de semana, en las altas esferas de las finanzas hay un tipo de JPMorgan que le está pidiendo a la Reserva Federal que, por favor, se esté quieta. David Kelly, cuyo título oficial suena a algo inventado, le ha dicho a los mandamases de la economía que dejen de subir las tasas de interés, porque la inflación ya se está yendo solita a su casa, como un invitado incómodo después de una fiesta.

La gran idea de Kelly es que la inflación actual es de «teflón», una joya de metáfora que significa que no se pega. A diferencia del chicle en su zapato o de esa canción del verano, las presiones sobre los precios simplemente resbalan y se van. ¿La razón? Simple: a la gente no le están subiendo el sueldo lo suficiente como para seguir alimentando la hoguera del consumo desmedido. Sin leña salarial, el fuego inflacionario se apaga solo.

Para que hasta el más despistado lo entienda, Kelly usó otra analogía digna de un manual de autoayuda. Comparó la situación con una lesión que se cura lentamente. La Fed, en su afán de protagonismo, sería como ese amigo que insiste en sobarte un esguince, logrando únicamente que te duela más y que todo empeore. El mensaje es claro: dejen que la economía se cure sola, no la estropeen más.

Además, este estratega criticó a los jefes de la Fed por su discurso de tipos duros, como si estuvieran en una película de vaqueros. Según él, el presidente del banco central necesita bajarle dos rayitas a su retórica agresiva y admitir que las cosas están mejorando. Es el equivalente financiero a pedirle a tu papá que admita que se equivocó de camino en lugar de seguir conduciendo hacia el abismo por puro orgullo.

El peligro de no hacerle caso, según Kelly, es que si la Fed sigue jugando al valiente y sube las tasas, podría asustar a los mercados, que están apalancados hasta las cejas. Un pequeño susto podría provocar una estampida de inversores hacia refugios más seguros, quitándole impulso a la bolsa. Básicamente, es como gritar «¡bomba!» en un ascensor lleno: innecesario, peligroso y una pésima idea.

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