La OMS le manda a Trump a repasar la ciencia de las vacunas

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Este miércoles la Organización Mundial de la Salud salió con cara de maestra harta de corregir la misma tarea mal hecha y advirtió que el intento de Donald Trump de reformar la vacunación infantil en Estados Unidos va en contra de décadas de evidencia científica. O sea: no es una opinión de pasillo, es el equivalente a decirle al cuñado que deje de curar el resfriado con limón y fe.

El lunes Trump firmó una orden ejecutiva pidiendo espaciar las vacunas de los niños, y de paso volvió a sacar del cajón el cuento del vínculo entre inmunizaciones y autismo, esa teoría que la ciencia ya mandó al basurero más veces que calcetín agujereado. A su lado, el secretario de Salud Robert F. Kennedy Jr., famoso por coleccionar desconfianzas vacunales como otros coleccionan figuritas, lleva años defendiendo una relación desacreditada entre la vacuna de la rubéola y el autismo. Uno casi espera que en la próxima rueda de prensa saquen un pizarrón y empiecen a dibujar flechas conspirativas.

El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, no se anduvo con rodeos: “la ciencia es inequívoca”. Las vacunas son seguras y no causan autismo, escribió en redes con tono de quien ya explicó lo mismo en mil reuniones de padres y todavía le preguntan si el sol sale por el este. La coincidencia es de antología: Estados Unidos enfrenta su peor brote de sarampión en 35 años, justo cuando desde el gobierno se pone a revisar vacunas que llevan décadas funcionando, se mueve el calendario infantil y se recortan fondos para desarrollar nuevas. La comunidad médica aplaude con una sola mano… y esa mano está ocupada poniéndose gel antibacterial.

Tedros intentó tranquilizar a los padres recordando que las vacunas son de las herramientas más poderosas para proteger a los niños de enfermedades que no perdonan. Mientras tanto, el debate en Washington parece una junta de condominio donde unos quieren reforzar la puerta y otros proponen quitarle el candado “por si acaso asusta al ladrón”.

Al final la escena es digna de comedia absurda: un país con sarampión de regreso al vecindario, un presidente reordenando jeringas como quien reacomoda los condimentos sin receta, y la OMS gritando desde la puerta que el manual de instrucciones existe desde hace décadas. Porque si algo ha quedado claro, es que la ciencia no se espacia… aunque a algunos les encante espaciarla.

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