En Pereira el presidente Abelardo de la Espriella anda eligiendo rescatistas como quien escoge invitados para el asado familiar: Estados Unidos sí, el resto que se quede mirando por la ventana. Después del terremoto del lunes en el eje cafetero, decenas de países y hasta la ONU le ofrecieron equipos para las horas críticas, pero el mandatario los dejó en visto como mensaje de ex en plena madrugada. Solo abrió la puerta a Washington y el periódico El País ya apunta que en el terreno no se ve un rescatista internacional ni por casualidad, mientras el grueso de las ofertas flota en el limbo más absurdo que cola del banco un viernes de quincena.
El embajador chino Zhu Jingyang, de ese país del que De la Espriella se alejó para abrazar más fuerte a Estados Unidos, escribió en redes pidiendo por favor el nombre del funcionario y el teléfono de contacto para coordinar ayuda a los damnificados. Traducción diplomática: “oigan, estamos aquí con picos y palas, ¿alguien va a contestar el portero o qué?”. Por su parte, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum dijo en su conferencia que esperan la solicitud formal, pero que están listos para salir corriendo apenas les avisen. Spoiler de la vida real: ella ni siquiera fue a la toma de posesión de De la Espriella, así que el ambiente ya venía con clima de pelea de primos en Navidad.
Mientras tanto Estados Unidos soltó 15,5 millones de dólares para refugios, comida, protección y evaluación de daños. De la Espriella celebra la alianza estratégica como quien acaba de conseguir el favorito de la abuela en el reparto de la herencia. En las calles de Pereira, bautizada ya como “ciudad zombi” por el desastre, Jorge González de 35 años escarba con sus propias manos entre los escombros de un edificio de cuatro pisos buscando a su tía Nubia Bonilla, de 87, a la que considera una madre. Lleva horas sin moverse de una montañita de ruinas, vio el baño “lleno de sangre” del piso donde ella vivía y suelta entre lágrimas que no se va hasta que le entreguen el cuerpo. “Ella era lo único que tenía y se me fue, ya quedé solito”, dice con la voz quebrada de quien se le cayó el mundo encima de verdad.
El saldo va en 241 muertos y más de 1.300 heridos. Voluntarios y rescatistas locales siguen rascando escombros con uñas y fe, mientras las ofertas internacionales siguen esperando el “pase usted” que no llega. Al final la escena parece sacada de una comedia negra: un presidente haciendo lista VIP de ayuda humanitaria, potencias tocándose el timbre sin que les abran y familias enteras cavando con las manos porque el reloj no perdona. Porque si algo quedó claro es que en medio del derrumbe hay quien prioriza la geopolítica… aunque el café de la región ya se esté sirviendo con sabor a escombro y desesperación.




