El cobre, ese metal rojizo que antes solo te importaba para no electrocutarte, ha decidido que quiere ser la nueva estrella del rock. Se mandó un carrerón y tocó los 14,500 dólares por tonelada, un precio tan alto que los cables de tu casa ahora valen más que el televisor que conectan. Y como si eso no fuera suficiente, una analista cree que podría llegar a los 15,000, porque aparentemente el cobre está en plena crisis de la mediana edad y necesita sentirse valioso.
El primer capítulo de este culebrón es el del acaparador. Resulta que en el mundo hay cobre, pero está distribuido como la riqueza: unos pocos tienen casi todo. Mientras que en Shanghái apenas quedan unas 63 mil toneladas y en Londres 234 mil, los gringos están sentados sobre una montaña de 696 mil toneladas en el COMEX. Es el equivalente a que tu vecino tenga todo el papel higiénico del barrio y tú tengas que usar hojas de cuaderno.
Luego está el síndrome de «lo quiero ahora y no me importa el precio». Este fenómeno, llamado elegantemente ‘backwardation’, significa que la gente paga más por el cobre de entrega inmediata que por el que llegará en tres meses. La diferencia llegó a ser de más de 430 dólares, como pagar envío urgente por un paquete que igual va a llegar tarde. Aunque ahora la brecha bajó a 74 dólares, la desesperación sigue en el aire, oliendo a cables quemados.
Para echarle más leña al fuego, uno de los mayores productores se tomó unas vacaciones no planificadas. La producción de Chile cayó un 9,4% en julio porque, según dicen, el clima se puso de malas y las minas necesitaban un «arreglito». Esto ha provocado una escasez de materia prima tan grande que las fundiciones se pelean por las sobras como pirañas en un charco. Básicamente, hay menos cobre saliendo de la tierra de lo que tu suegra saca de quicio.
Y la cereza del pastel la pone, cómo no, la política comercial estadounidense. Existe el chisme de que Washington podría meterle aranceles al cobre, lo que ha provocado una estampida para llevar todo el metal a Estados Unidos antes de que le pongan un impuesto. Esta brillante idea es la que explica por qué ellos nadan en cobre mientras el resto del mundo mira con envidia. Es como si el anfitrión de la fiesta se quedara con todas las botanas por si acaso.
En resumen, el cobre está viviendo su momento de gloria, empujado por acaparadores, gente desesperada y políticos impredecibles. Así que la próxima vez que veas un cable tirado en la calle, no lo pises, ¡levántalo! A este paso, pronto valdrá más que tu plan de pensiones y será mucho más confiable.





