La economía chilena hace malabares con cuchillos mientras el desempleo le cuenta chistes malos

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Si la economía chilena fuera una persona, sería esa que llega el lunes a la oficina con cara de haber perdido una batalla contra un sofá. La actividad está más estancada que el tráfico en hora pico, el desempleo ha alcanzado niveles no vistos desde que todos nos volvimos expertos en hacer pan en casa durante la pandemia, y las previsiones de crecimiento para 2026 son tan optimistas como un gato en un cuarto lleno de mecedoras. Es un panorama desolador, digno de una canción deprimente.

A pesar de este drama, el Banco Central de Chile ha decidido que la mejor estrategia es no hacer absolutamente nada. Como ese amigo que ve la casa en llamas y decide que es un buen momento para meditar, mantendrán la tasa de interés en un 4,5% por sexta reunión consecutiva. Los genios de las finanzas están de acuerdo, apostando a que las tasas se quedarán quietas antes de siquiera pensar en subirlas, quizás para cuando los autos vuelen.

El dilema de los banqueros centrales es digno de una telenovela. Por un lado, tienen una economía local que se desacelera más rápido que la popularidad de un político después de las elecciones. Por el otro, el fantasma de la inflación global, alimentado por el extranjero, amenaza con aparecerse en la fiesta y aguarle el ponche a todos. Es como tener que elegir entre un dolor de muelas o un dolor de espalda; ninguna opción es buena.

Para echarle más leña al fuego, al otro lado del continente, la Reserva Federal de Estados Unidos amenaza con subir sus propias tasas de interés. Esto, para Chile, es como si el vecino de arriba decidiera empezar a practicar zapateo a las tres de la mañana: un ruido que fortalece al dólar y debilita al peso chileno, amplificando el desastre. Es una presión externa que nadie pidió, pero que todos tienen que aguantar.

Y para los que aman las malas noticias, aquí van los números que confirman el desastre. La actividad económica se desplomó un 1,7% en julio, su peor caída en cuatro años, mientras que analistas de Scotiabank, en un arranque de optimismo desbordado, pronostican una expansión anual de un glorioso 0,3%. El gobierno, por su parte, intenta arreglar este Titanic económico con un rollo de cinta adhesiva y buenos deseos, aprobando recortes de impuestos que los expertos miran con escepticismo.

Como si no fuera suficiente, los precios del combustible, que suben y bajan con más drama que final de teleserie, vuelven a amenazar. Chile importa casi todo su combustible, así que cada vez que el precio sube, la economía siente un golpe directo en la billetera. Mientras tanto, los expertos recomiendan «prudencia», que en el diccionario de los economistas se traduce como «agárrense que vienen curvas y no tenemos ni idea de cómo tomar el volante».

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