En un giro de guion más retorcido que un pretzel alemán, Mamad Mohamad, un militante de Los Verdes de origen sirio, acaba de ganar un escaño en el parlamento regional de Sajonia-Anhalt. ¿El problema? Lo celebró justo cuando el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD), que básicamente quiere reemplazar a los inmigrantes con un ejército de robots, arrasaba en las mismas elecciones. Es como si te dieran un aumento de sueldo el mismo día que tu empresa se declara en quiebra.
Mohamad describió la situación como un «cáliz envenenado», lo que en lenguaje normal significa «una alegría que sabe a medicina para la tos». Mientras él se preparaba para ser uno de los primeros diputados de origen inmigrante en la región, la AfD celebraba con más fuerza que tu tío después de tres cervezas, prometiendo un futuro donde la única inmigración aceptada será la de los androides que no se quejen del salario mínimo. Su plan maestro es deportar a solicitantes de asilo y animar a las empresas a usar «inteligencia artificial» en lugar de contratar a gente de entornos «culturalmente ajenos», o sea, cualquiera que sepa qué es el comino.
La copresidenta de la AfD, Alice Weidel, aclaró que «dan una calurosa bienvenida a todo aquel que contribuya», lo que suena sospechosamente a las condiciones para entrar en un club exclusivo: debes ser rubio, medir 1.90, pagar impuestos hasta por parpadear y, preferiblemente, no tener un apellido que suene a plato de restaurante exótico. Mientras tanto, en casa de Mohamad, el ambiente era más sombrío que un lunes por la mañana sin café. Su hija, según cuenta, ya no quería ir al colegio, probablemente por miedo a que su profesor de historia fuera reemplazado por una tostadora con un doctorado en propaganda.
Los líderes de las comunidades de inmigrantes aseguran que esto no es ninguna novedad, sino la misma canción de siempre con más volumen. Undra Dressler, de la Red Estatal de Organizaciones de Inmigrantes, dice que la gente lleva tanto tiempo enfrentándose a la discriminación que muchos ya tienen las maletas hechas y el GPS programado para «cualquier sitio menos este». Es como si el estado hubiera colgado un cartel gigante que dice: «Buscamos trabajadores cualificados, pero si no eres un robot ario, mejor sigue de largo».
A pesar del pánico generalizado, algunos recuerdan que el gobierno está sujeto al orden constitucional alemán, ese librito mágico que supuestamente protege a las minorías. Los otros quince estados federados, dicen, tienen el deber de intervenir si las cosas se ponen feas. Mientras tanto, probablemente estén mirando la situación con un bol de palomitas, esperando a ver si esto es una tragedia o una comedia absurda. Spoiler: es las dos cosas.





