Como si fuera el mánager de una banda de rock de los 80 que ya nadie recuerda, el diplomático en jefe de Estados Unidos, Marco Rubio, ha llegado a Colombia para asegurarse de que todos los miembros del Club de Fans Oficial de Donald Trump tengan su membresía al día. La primera parada de su «Gira de la Lealtad 2025» es para darle un abrazo y unas palmaditas en la espalda al nuevo líder colombiano, Abelardo de la Espriella, un abogado millonario que parece tener un póster de Trump tamaño real encima de la cama. La reunión, en un lugar tan acogedor como una base militar, servirá para intercambiar chismes y ver quién cuenta el chiste más malo sobre la izquierda.
El nuevo gobierno de Colombia, en un arranque de nostalgia por los tiempos en que se recibían órdenes directas de Washington, ha decidido que la relación «complicada» con Trump era, en realidad, un malentendido. En su primer mes, De la Espriella canceló el aburrido programa de paz de su antecesor y lo cambió por un plan más emocionante: bombardear a los carteles de la cocaína, probablemente mientras escucha rock pesado. Además, organizó un campamento de verano con sus amigos los marines para coordinar cómo van a jugar a «policías y ladrones» a escala continental y se unió al «Escudo de las Américas», que suena menos a una alianza militar y más al nombre de un equipo de lucha libre.
Según los voceros con cara de póker del Departamento de Estado, el viaje es para «reforzar la cooperación» y «profundizar relaciones comerciales», que es la forma elegante de decir «venimos a ver en qué más nos pueden ser útiles». Rubio también aprovechará para hablar del terremoto que sacudió Colombia, porque no hay nada como una tragedia para demostrar quién manda. El presidente De la Espriella, con cara de niño bueno, ya pidió ayuda y una rebajita en los aranceles, seguramente para importar más fácil las gorras rojas con eslóganes pegadizos. El canciller colombiano, en un video que parecía hecho para TikTok, declaró que esto marca el inicio de una «alianza estratégica», lo que se traduce como «¡por fin nos han vuelto a aceptar en el club de los populares!».
Esta gira de Rubio es la confirmación de la nueva política exterior estadounidense, bautizada como la «Doctrina Donroe», una mezcla entre el nombre de su jefe y una vieja idea de que América Latina es el patio trasero de Estados Unidos, pero ahora con derecho a podarles los geranios sin permiso. Esta doctrina, diseñada por el propio Rubio en una servilleta, llega justo después de la espectacular captura del venezolano Nicolás Maduro en una redada sorpresa y del «acuerdo» por el que Washington ahora gestiona el petróleo de Venezuela, como quien se encuentra una cartera en la calle y decide que el karma quiere que se la quede.
El tour del amiguismo continuará en Ecuador y Perú, donde Rubio se reunirá con otros presidentes que ya tienen preparada la alfombra roja y la mejor sonrisa. En Quito, Daniel Noboa lo espera para mostrarle cómo juegan a Hundir la Flota en tamaño real con las lanchas de los narcos en el Pacífico. En Lima, Keiko Fujimori seguramente le tendrá preparada una presentación en Powerpoint. Al final, más que una gira diplomática, parece la visita del dueño del edificio para recordarles a los inquilinos que la renta se paga puntual y que está prohibido hacer fiestas ruidosas sin invitarlo.





