Alemania se despertó con una resaca política digna de un festival de pueblo de tres días. El canciller Friedrich Merz descubrió, con el mismo pánico de quien revisa la cuenta del banco después de una noche de copas, que el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD) había montado una fiesta épica en las elecciones de Sajonia-Anhalt, llevándose casi todo el botín y dejando a su partido «profundamente conmocionado» y con la cartera vacía de votos.
Con casi el 44% de los votos, la AfD le mandó un mensaje clarísimo a la coalición de Merz, algo así como un «no eres tú, soy yo… que ya no te soporto». Ahora, los ganadores, que proponen deportar inmigrantes como si fueran paquetes de Amazon, hacerse amigos de nuevo de Rusia y cortar el grifo a Ucrania, andan por los pasillos del parlamento tratando de ligarse a otros legisladores para poder gobernar. Les faltaron unos cuantos escaños para la mayoría absoluta, así que están en modo «busco amigos con derecho a voto».
«Esto sacude a nuestro partido hasta sus cimientos», balbuceó Merz, probablemente mientras buscaba en Google «cómo recuperar la popularidad perdida» y «remedios caseros para el susto». Calificó el resultado como el peor en décadas, una forma elegante de decir que les fue peor que a un vegano en una parrillada. A pesar del drama, Merz aseguró que no piensa renunciar, afirmando con la misma convicción de quien promete empezar la dieta el lunes: «Rendirme no es una opción para mí».
Y para ponerle más chile al pozole, el único partido dispuesto a bailar este tango con la AfD es el BSW, un partido populista de izquierda. Sí, leyó bien. La extrema izquierda y la extrema derecha coqueteando en el rincón oscuro de la fiesta, unidos por su desprecio a la inmigración y su amor por la energía rusa barata. Mientras Merz insiste en que dejar de apoyar a Ucrania sería un desastre porque Rusia quiere desestabilizar «nuestro sistema de valores», muchos alemanes parecen más preocupados por desestabilizar la alacena y ver si todavía queda algo de cerveza para olvidar este culebrón político.





