Agárrense la cartera, que el gobierno federal acaba de presentar un plan de gastos para el 2027 que parece escrito por un adolescente con acceso ilimitado a la tarjeta de crédito de sus papás. La Secretaría de Hacienda propuso un presupuesto de 10.6 billones de pesos, un aumento del 1.1% que, en términos de emoción, es como recibir un aumento de sueldo que apenas te alcanza para un chicle extra al mes. Es la clase de plan que te hace pensar que el país se va a ir de fiesta y, por supuesto, tú pagas la cuenta.
El corazón de esta pachanga fiscal es la promesa de destinar casi 15 de cada 100 pesos a programas sociales y obras faraónicas, sumando un total de 1.58 billones de pesos. Es la estrategia del político que llega a la reunión familiar repartiendo billetes para convertirse en el tío favorito de todos. Con este dineral, se financiarán 18 programas sociales «prioritarios» que absorberán casi el 10% del gasto total, demostrando que la popularidad no es barata.
En la cima de la pirámide de popularidad se encuentra, cómo no, la Pensión para el Bienestar de los Adultos Mayores, que se lleva la rebanada más grande del pastel con 543,498 millones de pesos. Le siguen, como teloneros de un concierto de rock, el Programa de Becas Benito Juárez con 190,551 millones y la Pensión Mujeres Bienestar con 59,356 millones. Claramente, la estrategia es asegurarse el voto de los abuelos, los estudiantes y las mujeres, mientras el resto ve cómo se va el dinero.
Pero no todo es regalar efectivo; también hay que construir juguetes carísimos. Las obras prioritarias se comerán 560,172 millones de pesos, repartidos entre 12 proyectos de ensueño. El campeón indiscutible de este derroche es Petróleos Mexicanos (Pemex), que recibirá 255,529 millones, probablemente para comprarle curitas de oro a sus refinerías. Los Nuevos Trenes no se quedan atrás, llevándose 150,875 millones para seguir construyendo vías a lugares que quizás algún día tengan pasajeros.
Finalmente, el presupuesto se divide en dos categorías que suenan a menú de restaurante caro: el gasto programable y el no programable. El primero, de 7.3 billones, es para los «bienes y servicios» que nos dan a todos, como si fuera el plato fuerte. El segundo, de 3.2 billones, incluye el costo financiero, que es básicamente la cruda realidad de pagar los intereses de la tarjeta después de la fiesta.
Así que, mientras el gobierno planea esta monumental juerga financiera, los ciudadanos de a pie solo podemos prepararnos para la resaca fiscal que durará años. Al menos podremos decir que vivimos una época en la que el presupuesto nacional se parecía más a la lista de deseos de un rey que a un plan financiero serio. ¡Salud por eso



