Parece chiste, pero es anécdota. Justo cuando el cobre se cotiza más caro que un aguacate en enero, a Chile se le ocurre exportar menos que nunca en más de un año. Es la definición de tener una suerte espectacularmente mala, como ganarse la lotería y que el perro se coma el boleto. Las cifras del Banco Central son para sentarse a llorar en un rincón con un pisco en la mano.
Hablemos de números que duelen más que pisar una pieza de Lego descalzo. Las exportaciones de cobre se quedaron en unos modestos 4.620 millones de dólares en agosto, lo que representa una caída del 14% respecto a julio. Es como si el sueldo se te esfumara una semana antes de la quincena. Para rematar, es un 3,2% menos que el año pasado, confirmando que la cosa va para atrás como los cangrejos.
Y aquí viene lo más absurdo de todo, el giro de tuerca que ni en una telenovela. Todo este drama ocurre mientras el precio del cobre ha subido más de un 40% en un año. ¡Un cuarenta por ciento! Es el equivalente a que te ofrezcan el trabajo de tus sueños con el triple de sueldo, pero justo ese día te quedas dormido y pierdes la entrevista. El universo, a veces, tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Pero, ¿quién es el culpable de este desastre? Abran paso a la madre naturaleza, que al parecer se levantó con el pie izquierdo durante todo el invierno austral. Lluvias torrenciales, nevadas dignas de película de catástrofes y vientos que despeinaban hasta las estatuas paralizaron las minas. Y para colmo, el mar se puso más bravo que tu jefe un lunes por la mañana, cerrando los puertos a cada rato.
Como Chile es responsable de una cuarta parte del cobre del planeta, su resfriado es la neumonía del resto del mundo. Sus problemas de producción mantienen los precios por las nubes, haciendo felices a los especuladores y miserable al que necesita un cable nuevo. Así que ya saben, la próxima vez que algo de metal suba de precio, probablemente fue porque a un minero en los Andes se le voló el paraguas.





