Hubo un tiempo, allá por el siglo de los bigotes y los sombreros de copa, en que las empresas se parecían a pequeñas repúblicas. Los accionistas, como ciudadanos con dinero, tenían voz y voto para mandar al director a freír espárragos si hacía falta. Pero esa película ya la quitaron de la cartelera, amigos, y la que están pasando ahora es más bien una monarquía absoluta con acceso a internet, donde el rey es el fundador y los demás aplauden.
El truco es más viejo que pedir prestado y no devolver: las acciones de doble clase. Es como ir a una votación donde tu papeleta vale un punto, pero la del fundador vale diez. Google fue el maestro de orquesta de esta sinfonía del descaro, creando un sistema donde sus fundadores, Larry Page y Sergey Brin, tienen más del 50% del poder de voto con apenas el 11% de las acciones. Es como ser el dueño del balón, del campo y del árbitro, todo al mismo tiempo.
Y la moda se extendió más rápido que un chisme en la oficina. Mark Zuckerberg en Meta controla el cotarro con solo el 13% de las acciones, decidiendo el futuro desde su trono de «me gustas». Pero el rey del drama es Elon Musk, a quien un tribunal de Delaware le dio un tirón de orejas por su sueldo. ¿Su respuesta? Agarró sus juguetes y se mudó a Texas, una jurisdicción más amigable con los caprichos de los jefes, donde los accionistas, ya con el miedo en el cuerpo, le aprobaron un paquete de compensación de 1 billón de dólares.
Esto no es una anécdota, es una epidemia en toda regla. Un estudio reveló que la proporción de salidas a bolsa de tecnológicas con este sistema de voto para privilegiados pasó del 15% en 2012 a un rotundo 50% en 2022. El propio Musk aprendió la lección y en SpaceX se aseguró de tener más del 80% del poder de voto. Básicamente, para despedirlo, necesitaría despedirse a sí mismo, algo tan probable como que un político rechace salir en una foto.
¿Y cuál es el problema, si estos genios están creando el futuro? Pues que lo están haciendo sin supervisión, como un adolescente con la tarjeta de crédito de sus padres y acceso al botón nuclear. El riesgo es que se forme una oligarquía de amigotes, donde el poder político y el corporativo se dan la mano por debajo de la mesa. Justo ahora que la inteligencia artificial está a punto de cambiarlo todo, el volante lo tiene un grupito de señores que no le rinden cuentas a nadie.
Así que la próxima vez que compre una acción de estas empresas, no se sienta un inversionista; siéntase más bien un patrocinador. Usted pone el dinero para la fiesta, pero no está invitado a ella. Y ni se le ocurra quejarse del volumen de la música, que el dueño del local podría llevarse la fiesta a otro estado donde los aguafiestas no son bienvenidos.





