Dúo dinámico de Trump juega al ping-pong diplomático entre Rusia y Ucrania

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En un episodio más de la serie «¿De verdad esto está pasando?», los enviados especiales de la paz y probadores de canapés profesionales, Jared Kushner y Steve Witkoff, aterrizaron en Kiev con más jet lag que soluciones. Tras una charlita de tres horas con Vladímir Putin en Moscú, donde aparentemente el mayor avance fue ponerse de acuerdo en qué tipo de té tomar, el dúo se presentó ante Zelenski para continuar su gira mundial del optimismo injustificado.

Según Witkoff, en Moscú «escucharon nuevas ideas», una frase que en el lenguaje diplomático suele significar que alguien sugirió resolver el conflicto con una partida de ajedrez gigante o que simplemente descubrieron un nuevo sabor de vodka. Mientras tanto, el gobierno de Trump, fiel a su estilo de tratar la geopolítica como si fuera el final de temporada de un programa de telerrealidad, insiste en que esta vez sí, ahora de verdad, van a poner fin a una guerra que ya dura más que la mayoría de los matrimonios de Hollywood.

Por su parte, Zelenski, con la paciencia de un santo que espera el autobús bajo la lluvia, calificó la conversación de «muy sustantiva», que es lo que dices cuando quieres quedar bien pero en realidad pasaste la mitad de la reunión pensando si dejaste los frijoles en la estufa. El presidente ucraniano aprovechó para recordarles a sus visitantes que el invierno se acerca y que sus vecinos tienen la mala costumbre de bombardearles la calefacción, un detalle que los enviados anotaron en sus libretas de piel, probablemente debajo de «recordar comprar souvenirs».

Mientras los diplomáticos intercambiaban sonrisas forzadas y promesas más vacías que una cuenta bancaria a fin de mes, la realidad seguía su curso. Es como intentar arreglar una tubería rota discutiendo el color de las cortinas del baño; muy entretenido, pero el agua sigue saliendo a chorros. Las rondas de paz anteriores han tenido el mismo impacto que un documental sobre la cría del caracol en la taquilla del cine: nulo. Pero oye, la esperanza es lo último que se pierde, justo después de las llaves del coche y la dignidad en la fiesta de la oficina.

Al final, este ir y venir de enviados parece más una estrategia para acumular millas de viajero frecuente que un plan concreto para la paz. Los ciudadanos de Kiev, entre sirenas y explosiones, observan el desfile con el escepticismo de quien ya ha escuchado demasiadas veces la frase «el lunes empiezo la dieta». Todos quieren la paz, pero de momento, lo único que tienen garantizado es un espectáculo diplomático con más giros de guion que una telenovela venezolana.

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