En el último capítulo de la telenovela geopolítica «Vecinos en Guerra», Rusia se puso su bata de seda, se sirvió un vodka y se asomó por la ventana para gritarle a Estados Unidos que es un pésimo vecino. La razón del berrinche es que el Tío Sam decidió estacionar su nuevo juguetito, un sistema de misiles que parece sacado de una película de acción de bajo presupuesto, en el jardín de Noruega, el pobre diablo que solo quería paz y salmón ahumado.
El Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, que al parecer tiene un departamento dedicado exclusivamente a redactar cartas de queja pasivo-agresivas, soltó un comunicado que se resume en: «¡Esto es el colmo!». Según ellos, los lanzadores Mk-41 que los gringos instalaron pueden disparar de todo, desde confeti hasta misiles Tomahawk que te redecoran el Kremlin en cinco minutos. «Con estas payasadas», vinieron a decir, «las ganas de sentarnos a tomar un café y hablar de no volarnos en pedazos se van, digamos, al subsuelo del subsuelo».
Pero la cosa no terminó ahí. Como si fuera una advertencia de la asociación de vecinos, el Kremlin añadió que ya le pusieron un ojo encima a esas bases militares. Básicamente, están anotando en su libretita negra con un emoji de calavera al lado cada instalación estadounidense en la zona. Si se arma la gorda, advierten, esos lugares serán los primeros en recibir una visita sorpresa… y no para llevarles una canasta de frutas.
Para añadirle más drama al asunto, el ministerio recordó que el gobierno anterior de Estados Unidos ya había dejado las conversaciones de paz más frías que abrazo de suegra, y calificó la idea del nuevo gobierno de invitar a China a la plática como algo «poco realista». Es como si en medio de una pelea de divorcio a gritos, uno de los dos dijera: «¡Y quiero que tu primo de Cuenca también opine!». Mientras tanto, Noruega sigue preguntándose si puede cobrarles renta por el espacio ocupado en su jardín.





