Como si hubieran encontrado el mapa del tesoro de un pirata jubilado, Estados Unidos y Venezuela anunciaron un acuerdo petrolero que suena a solución mágica para todos los males económicos. Las campanas repicaron en Caracas cuando Chevron y la italiana Eni firmaron papeles para expandir sus operaciones, prometiendo convertir el país en una fuente de crudo que ni en sus mejores sueños. La escena fue tan emotiva que solo faltó que se abrazaran en cámara lenta mientras sonaba una balada de los ochenta. La promesa es clara: sacar a la economía venezolana del hoyo a punta de barriles.
Los números que se manejan son tan absurdos que parecen sacados de una partida de Monopoly con billetes de fantasía. El plan más ambicioso, a cargo de una empresa llamada NABEP, busca aumentar la producción en unos 800.000 barriles diarios, sumados a otros 300.000 de Chevron y 400.000 de Eni. Si todo sale según este cuento de hadas, la producción total podría superar los 2,5 millones de barriles diarios, una cifra que no se veía desde que la gente usaba teléfonos con cable. Esto significaría ingresos por US$209.000 millones en impuestos y regalías en una década, suficiente para tapizar el país de oro.
Pero aquí llega el aguafiestas oficial del continente: la firma Oxford Economics, que son como el contador aburrido que te recuerda que no puedes gastar en lujos cuando debes la renta. Los analistas agarraron la calculadora y le pusieron un «pero» del tamaño de un estadio al fiestón. Dicen que hay demasiada incertidumbre, falta de transparencia y anuncios contradictorios de ambos gobiernos. En resumen, desconfían del acuerdo como quien recibe un correo de un príncipe nigeriano que le quiere regalar su fortuna.
La desconfianza no es gratuita, pues las grandes petroleras internacionales tienen la memoria de un elefante con rencor. Recuerdan perfectamente los años de expropiaciones y cambios de reglas a mitad del partido, por lo que andan con más cautela que un gato en un cuarto lleno de mecedoras. Para colmo, el acuerdo enfrenta un campo minado de problemas legales tanto en Estados Unidos como en Venezuela, y las proyecciones de producción, según los expertos, tienen más optimismo que horóscopo de revista.
Y aquí viene el chiste final, uno tan cruel que hasta da ternura. Incluso si ocurriera un milagro y cada barril prometido saliera del subsuelo, Oxford Economics mantiene su pronóstico: para 2050, el PIB de Venezuela seguirá un 20% por debajo de su máximo de 2013. Es decir, después de la fiesta, la inversión y los millones de barriles, la cruda realidad es que el país seguiría sin recuperarse del todo. Un potencial enorme que, como siempre, amenaza con quedarse en solo eso: un buen chiste para contar en el futuro.





