Saquen las matracas y el confeti, porque el gobierno venezolano ha decidido bañar en opulencia a sus ciudadanos más vulnerables. A través de su majestuoso Sistema Patria, llega el Bono Único Familiar, una fortuna que promete cambiar destinos y llenar estómagos… o al menos, la muela del juicio por un par de horas. La entrega, tan gradual como una tortuga con reumatismo, ha comenzado para los afortunados del registro que esperan el milagro mensual.
Prepárense para el desmayo: la cifra que cambiará sus vidas es de 12.075 bolívares. Tras una conversión más enredada que telenovela de las nueve, esto se traduce en la friolera de 14,95 dólares. Con semejante capital, uno ya puede empezar a cotizar medio tanque de gasolina, una pizza individual sin extras o quizás dos entradas al cine en día de descuento, siempre y cuando no pida palomitas.
Pero el dinero es lo de menos cuando tienes un mensaje que te infla el espíritu. Los beneficiarios reciben una notificación de texto con una frase digna de un almanaque: “Cada vida e historia nos impulsa. Sigamos adelante para construir el futuro”. Un futuro, se entiende, donde la cena se paga con buenas intenciones y los recibos de la luz con poesía motivacional.
Claro que, para construir ese futuro, primero hay que sobrevivir al presente. Aquí es donde la matemática se pone creativa. Mientras el bono te da para un par de caprichos, la canasta alimentaria familiar, según los aguafiestas del Cendas-FVM, supera los 785 dólares mensuales. Es decir, el generoso subsidio cubre apenas lo que cuesta respirar el aire dentro del supermercado.
Y por si fuera poco, para los abuelos también hay un cariñito: el programa 100% Amor Mayor, que otorga la monumental cantidad de 130 bolívares. El gobierno insiste en que no se necesita ayuda de gestores para recibir estas fortunas, porque la abundancia debe llegar de forma directa y sin intermediarios. Así que ya saben, a esperar con paciencia el mensaje que les permitirá comprarse un chicle y guardar el vuelto para la jubilación.





