Al menos tres países de América Latina entraron al club de las 30 economías con la deuda pública más pesada del mundo en relación al producto interno bruto. La brecha entre vecinos se agranda como esa pelea de familia que empieza por un favor y termina con sillas volando. Bolivia, Brasil y Surinam figuran en ese ranking poco glamoroso, según números del Fondo Monetario Internacional repasados por el Instituto de Finanzas Internacionales y pasados a Bloomberg Línea.
Bolivia se lleva el trofeo del susto: su deuda ya supera el tamaño de toda su economía, combina déficits de dos dígitos, escasez de dólares y reservas que parecen el fondo del tupper después del asado del domingo. Brasil representa un riesgo de mediano plazo, pero tiene mercado financiero profundo, reservas gordas y casi toda la deuda en moneda local, como quien debe plata pero al cuñado que vive al lado y no al banco extranjero. Surinam, en cambio, tiene capacidad limitada para bancarse otro golpe. En 2019 la diferencia entre el más y el menos endeudado de la región era de 63 puntos del producto; para 2026 se proyecta que llegue a 73, impulsada por el salto boliviano y los números más livianos de Perú.
“La región dejó de comportarse como un bloque”, soltó Jonathan Fortun, economista del Instituto. “Lo que se deterioró no es el promedio de deuda, sino la dispersión entre países”. Ahora la vulnerabilidad se mide por el costo de los intereses frente al crecimiento, el balance primario, en qué moneda está escrita la deuda, quién la tiene, a qué plazo, cuántas reservas líquidas quedan y si la política económica todavía genera algo de confianza. Los inversores miran sobre todo si el país puede pagar y refinanciar sin hacer malabares. Importan el gasto en intereses contra los ingresos, los vencimientos cercanos, cuánto está en dólares, cuántos acreedores extranjeros hay y qué tan profundo es el mercado local. También cuenta la diferencia entre el crecimiento nominal y el costo real de la deuda, más el superávit primario necesario para no seguir hinchando la bola.
En las economías emergentes pesan fuerte las reservas, la cuenta corriente, la dependencia de las materias primas y las deudas escondidas de las empresas estatales. “La credibilidad del presupuesto, del banco central y de las reglas fiscales influye directo en la prima de riesgo. Un país con deuda alta pero larga y en moneda local puede ser menos riesgoso que otro con menos deuda, pero con vencimientos mañana, pocas reservas y la puerta del mercado cerrada a cal y canto”, explicó Emanoelle Santos, analista de la aplicación de inversiones XTB.
Bolivia muestra el panorama más crítico: deuda pública del 102% del producto, con 41,1% externa. El problema de fondo no es tanto el tamaño como la falta de dólares para pagar. Necesita al mismo tiempo corrección fiscal, cambiaria y externa, con poquísimas fuentes de financiamiento a la vista. Las reservas netas eran de 3.347 millones de dólares en junio de 2026 frente a una deuda externa de 14.358 millones: cobertura del 23%. Pero el dato que duele es otro: dentro de las reservas brutas el oro sumaba 3.581 millones y las divisas líquidas apenas 897 millones, y eso después de que un bono de 1.000 millones inyectara algo de aire. Esa es la diferencia entre un problema de deuda y un problema de pagos. Bolivia tiene el segundo.
Brasil carga una deuda del 96,5% del producto, la mayor de la región en plata contante y sonante: cerca de 2,1 billones de dólares. Sin embargo, alrededor del 95% está en reales y en manos locales; la externa es solo el 4,5%. El dolor de cabeza no es la solvencia externa sino el costo de financiar esa montaña: la factura de intereses llega al 7,25% del producto, la más alta de la zona, con un déficit primario de 0,45%. Con esa combinación el Fondo proyecta que la deuda trepe al 106,5% en 2031. Un deterioro lento, continuo y bien visible en la curva local. No es un derrumbe de un día para el otro; es esa gotera que va manchando el techo mes a mes.
Surinam demuestra que el número de deuda no siempre cuenta toda la historia. Pasó del 84% en 2019 al 146,4% en 2020, bajó al 88% después de una reestructuración, volvió a subir y el Fondo espera que cierre 2026 en 87,1%. Esas montañas rusas vienen más de cambios en el tipo de cambio y revisiones del producto que de un endeudamiento real desbocado. En una economía chica y muy dolarizada el ratio mide sobre todo cuánto se movió el dólar. Ocupa un segundo escalón de riesgo por la deuda elevada, la inflación de dos dígitos y el antecedente reciente de reestructuración, aunque el petróleo que se espera para finales de la década podría mejorar el panorama si mantienen algo de disciplina.
México anda en 62,7% del producto, el nivel más cómodo entre las grandes, pero su factura de intereses subió de 4,41% a 5,98% y carga pasivos contingentes. Argentina proyecta 70,4% con superávit primario de 1,9%. Mejoró cuentas y reservas rápido, pero sigue atada al programa con el Fondo y todavía no recupera acceso estable al mercado internacional. La mayoría de la región, salvo excepciones como Bolivia, opera con tipo de cambio flexible, metas de inflación y más deuda en moneda local. Esa arquitectura armada después de las crisis de los noventa es lo que evita que un susto cambiario se convierta en crisis de deuda.
Ecuador llama la atención aunque su 52,8% parezca cómodo: al estar dolarizado no tiene prestamista de última instancia en su propia moneda. Toda su deuda es, en la práctica, externa. Cualquier tensión de financiamiento se transforma al toque en problema de liquidez. El Salvador comparte esa vulnerabilidad y encima tiene un programa con el Fondo trabado. Las economías grandes enfrentan otro tipo de riesgo: no tanto una crisis de liquidez repentina como un deterioro gradual que se traduce en costos de financiamiento más altos durante mucho tiempo.
Moralita de contador empedernido: la deuda latina ya no marcha en fila india. Unos cargan el piano entero, otros deben pero en la moneda de la casa y con el cuñado de acreedor, y algunos miden el riesgo más por la falta de dólares que por el número gordo. En esta fiesta cada uno trae su propia factura, y la cuenta, como siempre, la termina pagando el que menos se la espera.




