Apple tiene nuevo soberano y su nombre es John Ternus. El antiguo monarca, Tim Cook, le entregó el cetro de una empresa valorada en la módica cantidad de 4,5 billones de dólares y se fue a contar su dinero, probablemente en una isla con forma de manzana. Como por arte de magia, las acciones subieron un 2,36%, porque no hay nada que le guste más a Wall Street que un cambio de mando con olor a coche nuevo, aunque nadie sepa si el motor funciona.
Pero no todo es fiesta y confeti en el castillo de Cupertino. Ternus, un tipo que viene de apretar tornillos y diseñar circuitos, ahora tiene la misión casi imposible de sacar conejos de un sombrero tecnológico para justificar una valoración que marea hasta al más pintado. Los sabihondos de las finanzas se preguntan si este ingeniero podrá mantener el circo a flote, especialmente con el fantasma de la inteligencia artificial rondando la esquina como cobrador de deudas.
La primera gran prueba para el nuevo mandamás tiene nombre y apellido: iPhone Ultra plegable. Aparentemente, la salvación del universo y la felicidad de los inversionistas dependen de un teléfono que se dobla sin romperse, como un contorsionista profesional. Si lo logra, será un héroe; si fracasa, pasará a la historia como el tipo que dobló un teléfono y quebró la confianza del mercado con el mismo gesto.
Los analistas, con sus bolitas de cristal y sus gráficos de colores, están más divididos que una familia en la cena de Navidad. Aunque el 58,6% de ellos recomienda comprar acciones como si no hubiera un mañana, el precio objetivo promedio apenas deja un potencial de ganancia de menos del 2%. Es como apostar todo al caballo ganador después de que ya cruzó la meta, sobre todo si consideramos que la acción ya subió un increíble 40,5% en los últimos doce meses.
El próximo 9 de septiembre, apenas ocho días después de sentarse en el trono, Ternus tendrá que mostrar sus cartas en el evento anual de la compañía. Todos esperan ver la nueva generación de iPhone y, con suerte, el famoso teléfono plegable que promete revolucionar nuestros bolsillos. Así que la pregunta del millón, o más bien de los 4,5 billones, es si el nuevo rey podrá mantener a la bestia alimentada o si terminará aplastado por el peso de su propia manzana dorada.





