Agárrense los calzones, porque en el olimpo de la tecnología ha habido un cambio de trono. Tim Cook, el tipo que se aseguró de que todos tuviéramos un teléfono más caro que un auto usado, finalmente ha colgado los guantes. Tras un reinado que convirtió a Apple en una máquina de hacer dinero tan descomunal que suelta billetes hasta cuando estornuda, le ha pasado la corona a un tal John Ternus, un pobre diablo que ahora tiene la misión de que el castillo de naipes no se venga abajo.
Bajo la batuta de Cook, las acciones de la compañía se dispararon un 2.258%, una cifra que tu asesor financiero solo ve en sus sueños más húmedos. El tipo agarró una empresa que valía menos de 350.000 millones de dólares y la convirtió en un monstruo de 4,6 billones. Esto es como si te dan un puesto de tacos y lo conviertes en una cadena de restaurantes con estrellas Michelin que, además, vende seguros de vida y organiza viajes a la luna.
A diferencia del místico Steve Jobs, que parecía un gurú de secta con sus jerseys negros, Cook fue el contable aburrido que hizo a todos millonarios. Su gran truco no fue inventar aparatos revolucionarios, sino crear un ecosistema del que es más difícil escapar que de una cena familiar. Con productos como los AirPods y el Apple Watch, se aseguró de que tuvieras un cacharro de Apple para cada oreja y cada muñeca, mientras su negocio de servicios te cobraba hasta por respirar.
Claro que no todo fue un desfile de billetes. Cook también tuvo sus trastazos legendarios, como esas gafas de realidad virtual que cuestan un riñón y un proyecto de coche autónomo que se quedó en un dibujo en una servilleta. Su mayor tropiezo fue la inteligencia artificial, donde Apple se quedó tan atrás que su asistente virtual todavía duda si ponerte una alarma o pedir una pizza por ti.
Ahora le toca a John Ternus, el nuevo valiente, demostrar que la fiesta no se ha acabado. Tiene la tarea de innovar en una empresa que ya es más grande que la economía de varios países juntos, y donde los accionistas se ponen nerviosos si las ganancias no crecen a un ritmo de 32 millones de dólares por hora. Un detallito sin importancia, claro.
Así que mientras Cook se retira a una montaña de dinero para contar sus ganancias, a Ternus le toca sudar la gota gorda para que la manzana no se pudra. Y nosotros, como buenos corderitos, ya estamos haciendo fila para comprar el próximo aparato, aunque nos cueste un ojo de la cara y la mitad del otro.





