En el gran casino de las finanzas globales, los operadores de divisas andan más nerviosos que un gato en una perrera, apostando hasta la camisa a que el dólar se va a poner más fuerte que un café de carretera. Toda esta ansiedad es por el discurso que dará Kevin Warsh, el nuevo mandamás de la Reserva Federal, en el exclusivo campamento de verano para banqueros conocido como el simposio de Jackson Hole. La moneda gringa había perdido empuje, pero ahora todos esperan que Warsh salga al escenario con la sutileza de un luchador de sumo.
El cambio de humor ha sido más drástico que el de su tía después de dos copas en la cena de Navidad. Según datos del CME Group, esta semana el 57,2% de las apuestas en el mercado de opciones van a favor de un dólar más poderoso, un salto considerable desde el 43,2% de la semana pasada. En resumen, los especuladores están comprando boletos para la rifa del dólar con la fe de un converso, esperando que el discurso de Warsh sea tan contundente que haga temblar a las demás monedas del planeta.
Sin embargo, no todos creen que el evento vaya a ser la segunda venida del mesías financiero. Brent Donnelly, de Spectra Markets, sugiere que todo podría terminar siendo un espectáculo de humo y espejos. Argumenta que Warsh está entre la espada y la pared: no puede sonar demasiado agresivo por los recientes datos económicos, ni demasiado blando porque el Tesoro ya está haciendo malabares para calmar los mercados. Podría ser el equivalente a la final de una serie que termina sin resolver nada.
Lo más extraño de todo es que, a pesar de la tensión, el costo de asegurarse contra un desplome del euro frente al dólar es sospechosamente bajo. La volatilidad, con un 4,69%, está más tranquila que una biblioteca en domingo, lo que indica que, o los mercados creen que no pasará nada, o están subestimando el potencial para el caos. Es como si todos supieran que se acerca un huracán, pero nadie se molestara en clavar las ventanas.
Así que el escenario está listo para un drama de alto calibre o para el bostezo más caro de la historia. Mientras los operadores se muerden las uñas, el destino de billones de dólares pende de las palabras de un solo hombre en un resort de montaña. Si Warsh sorprende, la calma actual podría convertirse en una estampida. Si no dice nada relevante, muchos se sentirán como si hubieran pagado por ver un partido que terminó en un aburrido empate a cero.





