El primer ministro canadiense Mark Carney salió este jueves con cara de “ni loco te dejo” después de que Donald Trump decidiera, por decreto y con su clásico estilo de quien nombra hasta el perro del vecino, que el lago Ontario ahora se llama “lago de América”. Como si los mapas fueran un bloc de notas de la Casa Blanca y los vecinos del norte no existieran.
Carney, sin subirse al tren del drama pero con la precisión de quien ya vio demasiadas películas de vecinos insoportables, escribió en redes que Estados Unidos está cambiando de todo: el comercio, la política exterior, los monumentos y hasta los nombres de ríos y lagos. “Los canadienses también sabemos que llamar a la realidad por su nombre significa llamarlo lago Ontario: ayer, hoy y siempre”, soltó, con esa calma británico-canadiense que parece decir “sigue soñando, vecino”.
La pelea huele a esa eterna disputa de patio trasero donde uno quiere ponerle su apellido a todo lo que brilla y el otro responde con un “esto ya tenía dueño antes de que llegaras con el rotulador”. Trump, en modo renombrador serial, parece decidido a convertir la geografía en un catálogo de ego. Carney, por su parte, se plantó como el tío que no deja que le cambien el nombre al sofá de la sala aunque el invitado diga que ahora se llama “trono imperial”.
Al final del día, el lago sigue ahí, quieto, profundo y con el mismo nombre de siempre, mientras los dos líderes se lanzan indirectas como quien discute por la cerca del jardín. Ontario no se va a despertar mañana pidiendo pasaporte estadounidense, por más decretos que firmen al otro lado de la frontera.





