Consumidores gringos le pierden el miedo a la inflación, pero tiemblan por quedarse sin chamba

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Según una encuesta recién salida del horno de la Reserva Federal de Nueva York, el consumidor estadounidense promedio ha desarrollado una piel de rinoceronte ante la inflación. Parece que ya se acostumbraron a que todo cueste un ojo de la cara, como si fuera una nueva y terrible serie de Netflix que no pueden dejar de ver. El verdadero monstruo que ahora los acecha bajo la cama es el mercado laboral, que se ve más inestable que político en campaña.

Las cifras de la paranoia inflacionaria son para bostezar: los encuestados esperan un aumento de precios del 3.6% en un año y un tranquilísimo 3.0% en cinco años, números que ya ni asustan. Esta calma chicha contrasta con su certeza de que el precio de la gasolina subirá, porque claro, el universo necesita equilibrar las cosas haciéndoles más miserable el trayecto a sus trabajos cada vez más inciertos. Es una paz mental que solo se puede comprar con mucho dinero, el cual ya no tienen.

Pero pasemos al verdadero drama, digno de una telenovela de las nueve. La expectativa de que el desempleo se dispare alcanzó su nivel más alto desde abril de 2020, aquella época gloriosa en la que acumular papel de baño parecía una estrategia de inversión sólida. Este pánico colectivo es sorprendentemente democrático, afectando por igual a ricos, pobres, millennials y boomers, demostrando que el miedo a la quiebra nos une a todos.

Aquí viene el giro de tuerca más absurdo: aunque la gente cree que el apocalipsis del desempleo es inminente para el país, la probabilidad de que los despidan a *ellos* personalmente, disminuyó. Eso sí, si la mala suerte los alcanza y les dan una patada en el trasero, están convencidos de que encontrar un nuevo trabajo será más difícil que entender la factura del teléfono. Una contradicción que solo tiene sentido en una economía que funciona con memes y ansiedad.

Toda esta angustia existencial, por supuesto, se refleja en sus finanzas personales, que están más deprimidas que un cantante de rock de los noventa. Los encuestados ven su situación financiera actual y futura con un pesimismo abrumador, y creen que conseguir un crédito es tan probable como encontrarse un unicornio. Mientras tanto, los genios de la Reserva Federal se preparan para su reunión, donde decidirán si le echan más leña al fuego o nos avientan un balde de agua fría.

El comité de política monetaria está esperando los nuevos datos de inflación como si fueran los resultados de una prueba de paternidad, y el país entero contiene la respiración. La decisión que tomen sobre las tasas de interés podría ser la diferencia entre comer pasta con atún o solo la pasta. Al final, el plan financiero del estadounidense promedio parece consistir en cruzar los dedos, actualizar su currículum y rezar para que su tarjeta de crédito pase una vez más.

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