Un funcionario gringo se autoproclama ‘el que manda’ y le sube la temperatura al yen

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Scott Bessent, el mandamás de la Tesorería de Estados Unidos, ha decidido que su trabajo es ser el director técnico no solicitado de la economía japonesa. En un arranque de humildad nivel estrella de rock, se jactó de tener “información asimétrica” sobre los próximos movimientos del Banco de Japón y, para que no quedara duda, se autodenominó “el que manda”. Básicamente, le está soplando las respuestas del examen a todo el mundo antes de que el profesor japonés siquiera reparta las hojas.

Gracias a este festival de fanfarronería, los mercados ahora esperan que el Banco de Japón saque un conejo del sombrero, una varita mágica y quizás un dragón que escupa fuego. Ya no se conforman con una subidita de tasas de 25 puntos básicos; algunos ya están apostando por 50 puntos o un maratón de alzas consecutivas. Es como prometer una fiesta con barra libre y que al final solo haya agua de jamaica tibia; la decepción podría ser monumental.

El problema de inflar el globo de las expectativas es que puede explotar en tu cara, dejando un desastre de confeti y yenes devaluados. Si el gobernador Kazuo Ueda no hace un milagro digno de ser canonizado, el yen podría volver a valer menos que una promesa de político en campaña. Las autoridades de Tokio ahora caminan sobre una cuerda floja, tratando de contentar a su único aliado sin ahogar su propia recuperación económica en el proceso.

Y es que el historial de Bessent es más de hablador que de cumplidor. A finales de julio, coordinó una intervención para salvar al yen, mostrando a los periodistas un bloc de notas donde planeaba gastar entre 5.000 y 10.000 millones de dólares. Al final, su gran aporte fue de unos 500 millones, mientras que Japón tuvo que desembolsar la friolera de 96.000 millones para hacer el trabajo sucio. Una diferencia digna de meme.

A pesar de su tacañería, su alboroto sí ayudó a que el yen se recuperara un poco, pero ahora el peligro es otro. Bessent está jugando con fuego al meterse con las llamadas “operaciones de acarreo”, donde los inversores piden yenes baratos para apostar en otros lados. Un movimiento en falso y podrían provocar un desplome en la bolsa como el que no se veía desde el Lunes Negro de 1987, demostrando que a veces el remedio es peor que la enfermedad.

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