Los chips de inteligencia artificial se van de fiesta mientras el petróleo amenaza con incendiar el bar

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El mundo financiero amaneció con un caso grave de bipolaridad, de esos que requieren terapia y medicación. Por un lado, las empresas asiáticas de semiconductores están celebrando como si hubieran ganado el mundial, gracias a la fiebre del oro de la inteligencia artificial. Gigantes como SK Hynix y Samsung Electronics vieron sus acciones subir más rápido que la espuma de una cerveza mal servida, contagiando de optimismo al índice Kospi de Corea del Sur.

Mientras tanto, en la otra mitad del planeta, las cosas están que arden, y no en el buen sentido. El precio del barril de crudo Brent está coqueteando peligrosamente con los 100 dólares, a un estornudo de costar lo que un riñón en el mercado negro. Todo esto porque Estados Unidos e Irán decidieron que era un buen día para jugar a los barquitos de guerra cerca del estrecho de Ormuz, avivando el miedo a que el grifo del petróleo se cierre de golpe.

Pero parece que a los inversores tecnológicos les importa un pimiento el drama petrolero. El índice Kospi ha subido un asombroso 67% este año, convirtiéndose en el niño listo de la clase bursátil mundial. Según un mandamás de las finanzas, la demanda de inteligencia artificial es tan bestial que las perspectivas de ganancias superan con creces el miedo a una subida de tasas. Básicamente, mientras la tecnología prometa hacernos ricos, a nadie le importa si el apocalipsis es mañana.

En medio de este manicomio, otras piezas del tablero también se mueven con la sutileza de un elefante en una cacharrería. El yen japonés, por su parte, se puso los pantalones y le plantó cara al dólar por tercer día consecutivo. El oro, ese viejo confiable para cuando todo se va al diablo, también subió un 0,9%, porque nunca está de más tener un ladrillo brillante por si acaso.

Ahora, todos los ojos están puestos en los datos de inflación de Estados Unidos que saldrán el viernes, como si fuera el capítulo final de una telenovela de bajo presupuesto. De esa cifra depende si la Reserva Federal decide apretar aún más las tuercas con las tasas de interés. Mientras los peces gordos deciden si hunden el barco o lo convierten en un yate de lujo, al resto de los mortales solo nos queda preparar las palomitas y revisar si nos alcanza para la gasolina.

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