Trump saca la etiquetadora gigante y le cambia el nombre a todo lo que se mueve

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En un giro de los acontecimientos que ni el guionista más fumado de La Rosa de Guadalupe podría haber imaginado, Donald Trump ha regresado a la Casa Blanca con una nueva y extraña afición: jugar al Pictionary con el mapa del mundo. Armado con una pluma presidencial que parece funcionar con ego puro y un severo caso de aburrimiento crónico, el mandatario se ha dedicado a rebautizar lugares como si estuviera poniéndole apodos a sus compañeros de primaria.

La primera víctima de esta cruzada de renombramiento fue el Golfo de México, que de la noche a la mañana amaneció siendo el “Golfo de América”. La decisión, anunciada con la misma solemnidad con la que uno declara que ya no le gustan las pasas, fue justificada para “honrar la grandeza estadounidense”. México y Cuba, por su parte, respondieron con un encogimiento de hombros colectivo que se sintió hasta en la Patagonia, básicamente diciendo: “Llámenlo como quieran, los tacos al pastor siguen siendo nuestros”. Trump incluso inventó el “Día del Golfo de América”, que se celebra con la misma emoción que un lunes por la mañana en la oficina.

Luego le tocó el turno a la montaña más alta de Norteamérica. En un berrinche geográfico, Trump revirtió la decisión de Obama y le devolvió el nombre de “Mount McKinley”, borrando el nombre nativo Denali más rápido que un adolescente borra su historial de búsqueda. Lo más absurdo es que el parque nacional que rodea la montaña sigue llamándose Denali, creando una confusión digna de un sketch de Cantinflas. Es como cambiarle el nombre a tu perro a “General Patitas”, pero su casita sigue teniendo un letrero que dice “Aquí duerme Firulais”.

Pero la cosa no paró ahí. Como si fuera un niño con un rollo de etiquetas infinito, Trump apuntó su dedo hacia el norte y declaró que el Lago Ontario ahora sería el “Lago América”. Canadá, que comparte amablemente el charco, probablemente se enteró por las noticias y pensó que era una broma. La justificación de Trump fue tan sólida como un flan en un terremoto, mencionando la “importancia histórica” y las inversiones gringas. Es el equivalente a que tu vecino pinte la mitad de la barda que comparten de un color horrible y la declare “La Gran Muralla de Pepe”.

Así, con cada firma, el mapa de Estados Unidos se parece cada vez más a un proyecto escolar hecho cinco minutos antes de la entrega. Mientras el mundo observa entre risas nerviosas y desconcierto, todos nos preguntamos qué será lo próximo. ¿Le cambiará el nombre al Océano Pacífico por “La Alberca de Donaldo”? ¿O rebautizará la luna como “La Bola de Golf Presidencial”? Hagan sus apuestas, porque en esta realidad, cualquier cosa es posible.

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