Los bonos del Tesoro de Estados Unidos, especialmente los de largo plazo, están sufriendo un ataque de nervios que no se veía desde que la gente usaba reproductores de MP3. El rendimiento del bono a 30 años alcanzó el 5,34% a mediados de agosto, su punto más álgido desde 2007, y ha pasado 55 días por encima del 5%, un récord de persistencia digno de un invitado incómodo que no entiende las indirectas para irse a casa. Esta fiebre financiera es contagiosa: los rendimientos en Alemania y el Reino Unido también han escalado a máximos de varias décadas, creando una pandemia de pánico en la renta fija.
Los culpables de este desastre son un coctel explosivo. Por un lado, la inflación sigue siendo más persistente que una mancha de vino tinto. Por otro, las tensiones entre Estados Unidos e Irán han hecho que el precio del petróleo supere los 92 dólares por barril, añadiendo más leña a un fuego que ya amenaza con quemar las cejas de los inversores. Y para rematar, está el gigantesco déficit presupuestario estadounidense, un monstruo insaciable que devora dinero y escupe deuda.
En un intento desesperado por calmar a la bestia, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció que compraría más bonos viejos, una medida que equivale a intentar apagar un incendio forestal con una pistola de agua. Su esfuerzo se ve eclipsado por una avalancha de 215.000 millones de dólares en nueva deuda corporativa que se espera para septiembre, en gran parte para financiar la carísima revolución de la inteligencia artificial. Mientras las empresas construyen cerebros digitales, el mercado de bonos sufre una migraña analógica.
Todos los ojos están puestos en la Reserva Federal, que tiene la difícil tarea de decidir si sube las tasas de interés con la delicadeza de un cirujano o con la sutileza de un rinoceronte. Los operadores apuestan con casi un 70% de probabilidad a que habrá una subida, siguiendo la línea dura del presidente Kevin Warsh. La lógica que manejan algunos expertos es un vudú financiero fascinante: para bajar los rendimientos a largo plazo, hay que subir las tasas a corto plazo. Una estrategia tan retorcida que podría funcionar.
Para complicar aún más el panorama, resulta que el bono a 30 años es una especie de producto de nicho, comprado principalmente por fondos de pensiones y aseguradoras que necesitan activos de muy largo plazo. Pero ahora, hasta estos inversores conservadores están mirando esta «papa caliente» con desconfianza, reacios a comprometerse con una deuda que parece cada vez más riesgosa. En resumen, el mercado de bonos está en un estado de histeria colectiva, y nadie tiene muy claro si estamos al borde del abismo o si solo es un mal día.





