En un giro de guion más dramático que el final de una telenovela, los magos de las finanzas de Brasil, esos tipos que se supone que multiplican el dinero como si fueran panes y peces, están cerrando sus chiringuitos. El gurú Arminio Fraga, un discípulo del mismísimo George Soros, básicamente admitió que es imposible competir contra el chollo que ofrece el gobierno brasileño. Con tasas de interés de dos dígitos, invertir en deuda pública es tan seguro y rentable que hacer cualquier otra cosa parece una soberana estupidez.
Así que Fraga, en un acto de rendición gloriosa, le vendió su fondo Gavea Investimentos al Banco Bradesco. Y no es el único. Se ha desatado una estampida de gestores de fondos de cobertura que están corriendo de vuelta a los brazos de los grandes bancos, como hijos pródigos que descubren que la vida independiente es muy cara. Atrás quedaron los días en que “tres amigos y un terminal” bastaban para montar un negocio y soñar con yates; la realidad les ha dado una bofetada con la mano abierta.
Los números de esta tragedia son para llorar, o reír, según se mire. Los activos de los siete mayores fondos de cobertura independientes se han reducido a la mitad desde 2022, hasta unos 17.000 millones de dólares. Desde ese mismo año, el sector ha visto una fuga masiva de capital de 672.000 millones de reales. Mientras tanto, los grandes bancos se ríen a carcajadas, viendo cómo el capital en sus propios fondos casi se ha duplicado desde 2019, llegando a la jugosa cifra de 542.000 millones de reales.
La razón de este descalabro es simple: los inversores no son tontos. ¿Para qué arriesgar el pellejo en un fondo de cobertura que te promete la luna, cuando puedes prestarle dinero al gobierno y recibir un rendimiento que supera con creces sus promesas de humo? Durante los últimos años, el rendimiento de estos fondos ha sido más mediocre que un chiste de cuñado, mientras que la competencia de los bonos corporativos exentos de impuestos les ha puesto la tapa al ataúd.
Hubo un breve momento de esperanza a principios de año, cuando parecía que el banco central bajaría las tasas y les daría un respiro. Pero entonces, la crisis del petróleo por la guerra en Irán llegó para aguar la fiesta, y marzo se convirtió en el peor mes para los fondos desde 2020. Ahora, los operadores esperan que la tasa de referencia se mantenga por encima del 13% hasta finales del próximo año, como mínimo.
Al final, como señala el propio Fraga, el problema es más profundo que un simple ciclo económico. El verdadero culpable es un gobierno con una sed de dinero insaciable, que pide prestado a lo bestia en los mercados locales y paga tasas de interés astronómicas para financiar su creciente déficit. En resumen, el pez más gordo del estanque está distorsionando todo el juego, y a los supuestos genios de las finanzas no les queda más remedio que recoger sus canicas e irse a casa.





