El mercado de bonos a nivel mundial ha decidido que la calma era aburrida y se ha lanzado a un ataque de pánico colectivo, llevando los rendimientos a niveles que no se veían desde que teníamos teléfonos con tapa. La culpa de este desmadre la tiene el miedo a una inflación más pegajosa que un chicle en el asfalto, impulsada por las tensiones geopolíticas y un petróleo que no para de subir. Como resultado, los inversores ahora apuestan con la fe de un converso a que la Reserva Federal de Estados Unidos subirá las tasas de interés este mismo mes.
La epidemia de rendimientos altos es global y no discrimina. La rentabilidad de los bonos del Tesoro de EE. UU. a 10 años escaló al 4,77%, su nivel más alto desde hace años. Japón, que llevaba décadas en un letargo financiero, vio cómo el rendimiento de sus bonos a 10 años tocaba el 3% por primera vez desde 1996, y Australia alcanzó su nivel más alto desde 2011. La probabilidad de una subida de tasas de la Fed en septiembre saltó del 34% al 65% en un parpadeo, todo gracias a un discurso de su presidente, Kevin Warsh.
Lo más absurdo de todo este drama es que, mientras los bonos ardían en una hoguera de pánico, el mercado de acciones se lo tomaba con la tranquilidad de quien mira llover desde la ventana. El índice de Asia Pacífico incluso subió, demostrando que a algunos les gusta ver el mundo arder mientras no se queme su propio jardín. El petróleo, por su parte, se unió a la fiesta del caos y subió a 91,55 dólares por barril, añadiendo más gasolina a la hoguera inflacionaria.
Los inversores están exigiendo una mayor recompensa por tener bonos después de años de ver a los gobiernos gastar como si no hubiera un mañana y a las empresas endeudarse hasta las cejas para financiar sus sueños de inteligencia artificial. Ahora ha llegado el momento de pagar la cuenta, y a nadie le gusta el menú. El desajuste entre la oferta y la demanda en el mercado de renta fija es tan grande que parece una fiesta donde hay veinte invitados por cada silla.
Septiembre se perfila como el mes de las reuniones de los banqueros centrales, una especie de cumbre de supervillanos financieros donde todos compiten por ver quién sube las tasas con más ganas. Los mercados ya dan por hecho que el Banco Central Europeo, el de Japón, el de Australia y el de Nueva Zelanda sacarán el látigo. Se avecina un mes de turbulencias en los mercados de divisas y tasas que hará que la montaña rusa más salvaje parezca un paseo en poni.
El panorama, en resumen, es tóxico: inflación persistente combinada con déficits fiscales del tamaño de un asteroide en Estados Unidos, Japón y Europa. La rentabilidad de los bonos del Tesoro a 30 años lleva 55 días por encima del 5%, la racha más larga desde 2006. Abróchense los cinturones, porque parece que la fiesta de la tranquilidad económica ha llegado a su fin y ahora toca una resaca de las que hacen historia.





