Brasil le pone un curita a su economía mientras la hemorragia fiscal no para

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En Brasil, los expertos en economía están presenciando un espectáculo de magia digno de un ilusionista de tercera: el gobierno discute si reducir el límite de crecimiento del gasto del 2,5% al 1,5% anual. Según Jeferson Bittencourt, un exmandamás del Tesoro, este gesto es tan útil como intentar apagar un incendio forestal con una pistola de agua. Es una señal bonita para el mercado, claro, pero el problema real sigue ahí, riéndose a carcajadas en un rincón.

El verdadero villano de esta historia no es un límite de gasto flexible, sino el monstruo de los gastos obligatorios, que está blindado por la Constitución y crece más rápido que la maleza en un jardín abandonado. Hablamos de pensiones, salud y educación, gastos que para ser modificados requieren mover más hilos que para cambiar el final de una telenovela. Bittencourt lo resume así: la mitad del gasto crece por encima de cualquier límite que se les ocurra poner, haciendo que todo el plan parezca un chiste mal contado.

El sistema parece diseñado por un comité de borrachos. Por ejemplo, la regla para ajustar el salario mínimo, que incluye la inflación más el crecimiento del PIB, alimenta una bola de nieve de gastos en pensiones. Para colmo, programas como «Farmácia Popular» le regalan medicamentos a todo el mundo, sin importar si eres un multimillonario o un ciudadano de a pie. Es como si el gobierno tuviera una fiesta de barra libre y se sorprendiera de que la cuenta sea astronómica.

Bittencourt lo describe con una metáfora dolorosamente precisa: «Brasil solo cambia el techo cuando empieza a llover mucho». En otras palabras, el país tiene una maestría en procrastinación fiscal, esperando a que la crisis les llegue al cuello para empezar a buscar un salvavidas. Mientras tanto, la deuda bruta se encamina a casi el 86% del PIB para el próximo año, sin importar quién gane las elecciones, porque los problemas estructurales no se arreglan con discursos bonitos.

Y esta fiesta de la inacción ya está pasando factura. El costo de posponer el ajuste se ve en programas para ayudar a familias sobreendeudadas y en un montón de empresas pidiendo auxilio. El desequilibrio fiscal se traduce en tasas de interés que te quitan el aliento, ahogando a familias, negocios y al propio gobierno. Todos esperan que la «lluvia» obligue a los políticos a actuar, pero para muchos brasileños, el diluvio ya empezó y nadie les ha repartido un paraguas.

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