El presidente paraguayo decidió que un juicio político es el mejor momento para pedir tres días de vacaciones y que le avisen con más tiempo. El congreso, en cambio, le contestó que se presente en media hora o que se quede sin fuero y sin excusas. Peña apareció en redes como quien avisa que va al dentista: “vengo a defenderme, no huyo”. Nadie le creyó.
Mientras tanto, casi tres millones de personas descubrieron que sus pesos están más congelados que las relaciones con la suegra después de una discusión por la herencia. El ueno bank, que empezó vendiendo créditos en el mercado 4 y terminó recibiendo mil millones del Estado, cerró las puertas dejando a bomberos sin combustible, cooperativas en pánico y jubilados preguntándose si el corralito es ahora parte del folclore nacional.
El senado rechazó la prórroga, llamó chicana al pedido y empezó a programar sesiones como si fuera un reality de destitución express. Unos senadores quieren que Peña vaya ya al banquillo, otros prefieren que se quede un rato más para que no salga como senador vitalicio y se escape en el primer avión. La renuncia del ministro del Interior llegó en el peor momento posible, como la visita de la suegra cuando uno está resacoso.
En las calles de Asunción la gente tira huevos a las sucursales y grita que quiere su plata de vuelta. Peña, mientras tanto, sigue esperando que alguien le dé más tiempo para armar una defensa que, según él, necesita al menos doce horas y dos abogados caros. El congreso parece decidido a terminar el asunto antes del lunes, porque el país ya tiene suficiente incertidumbre como para agregar un presidente que se esconde detrás de notas de Instagram.
Al final, lo único que parece claro es que los ahorros de los paraguayos volaron más rápido que la credibilidad del gobierno y que, pase lo que pase, alguien va a terminar pagando la cuenta… probablemente el que menos tiene.



