Lula y Flávio Bolsonaro se miden en un balotaje más apretado que el cinturón de un político

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Más de ciento cincuenta y ocho millones de brasileños se preparan para decidir entre un octogenario con cuatro mandatos en la cabeza y un candidato que promete mano dura como si fuera el portero de un boliche de barrio. La jornada arranca a las ocho de la mañana y termina a las cinco, con el mismo nerviosismo que produce esperar el resultado de un examen de conducir después de tres intentos fallidos.

La campaña de Lula pidió alargar el horario de votación porque en San Pablo y Salvador desaparecieron la mitad de los colectivos, como si el servicio de transporte se hubiera ido de vacaciones sin avisar. En Salvador hasta detuvieron a un funcionario por dejar los buses en el taller, algo que los electores interpretaron como una estrategia para que solo voten los que viven a dos cuadras del colegio.

Los observadores de la OEA aseguraron que todo transcurre con tranquilidad, aunque agregaron que “confíen en el sistema” con el mismo tono que usa el tío que te vende un auto usado y te jura que nunca tuvo un accidente. La UNIORE también elogió la transparencia, mientras los brasileños siguen preguntándose si los resultados llegarán antes de que se enfríe el café de la mañana siguiente.

Trump, desde lejos, dijo que “está atento” pero que no quiere meterse, como el vecino que mira por la ventana cuando hay discusión en la vereda pero después niega haber visto nada. Mientras tanto, Geraldo Alckmin votó optimista, acompañado por exministros que parecían una foto de reencuentro de secundaria.

Lula emitió su voto con bandera de Brasil al hombro y declaró que disputa la elección contra “un miliciano descalificado”, frase que sonó más a telenovela de las ocho que a discurso político. Flávio Bolsonaro, por su parte, pidió a la gente que salga a votar “llueva o haga sol”, recordando que la esperanza ya se convirtió en miedo a la heladera vacía y a caminar de noche, algo que cualquier porteño entiende sin necesidad de traducción.

Sergio Moro apareció con una remera que decía “Curitiba encarceló, Brasilia liberó”, como si estuviera haciendo campaña para el próximo reality show de exfuncionarios arrepentidos. En Portugal, miles de brasileños hicieron fila para votar, con la esperanza de que esta vez la participación supere el puente largo que arruinó la primera vuelta.

Al final, el TSE informó que los resultados llegarán cerca de las ocho y media de la noche, justo a tiempo para que los brasileños decidan si el próximo presidente será el que promete seguridad o el que promete que esta vez sí va a ser distinto. Porque en Brasil, como en cualquier familia numerosa, el balotaje siempre termina pareciéndose más a una discusión de sobremesa que a una elección.

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