Los brasileños se plantaron este domingo frente a las urnas para decidir si Lula repite como mandamás o si Flávio Bolsonaro arrastra otra vez a su familia al sillón presidencial, todo envuelto en un lío de economía tambaleante, inseguridad y peleas comerciales con los gringos que parecen sacadas de una telenovela barata.
Flávio, de 45 años, llegó a esta segunda vuelta tras arrasar en la primera con casi la mitad de los votos, dejando a los encuestadores con la boca abierta. Prometió bajar impuestos a las empresas y meter mano dura en las calles, incluyendo cárceles de máxima seguridad y castración química para ciertos delincuentes. Los sondeos previos, sin embargo, mostraban un empate técnico que olía más a suspenso que a certeza.
Lula votó en São Bernardo do Campo y soltó que nunca podría pagar todo el apoyo recibido, mientras Flávio, en Río, invitó a la gente a votar “llueva o truene”. La campaña se llenó de acusaciones de corrupción, quejas por el costo de la vida y rumores de que Estados Unidos metía las narices para ayudar a los Bolsonaro, algo que Washington niega pero que suena a culebrón diplomático.
El expresidente Jair Bolsonaro sigue condenado por intento de golpe y Flávio ya prometió soltarlo si gana. Los mercados celebraron el avance del senador con subidas de la bolsa, mientras los jubilados en São Paulo y Río se quejaban de que el salario mínimo no alcanza ni para un café.
Algunos votantes de Lula aseguran que su triunfo defenderá a Brasil de las presiones yanquis, y hasta lo ven como una victoria mundial. Otros, hartos de las mismas promesas desde hace décadas, prefieren el cambio aunque venga con olor a encierro y tijeras químicas. Brasil espera el resultado con la misma ansiedad que un partido de fútbol en el que nadie sabe quién meterá el gol del triunfo.




