Peña pide tres días para defenderse de un banco que dejó a medio país sin un peso

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El presidente paraguayo Santiago Peña se presentó ante el Senado como quien llega tarde a una asamblea familiar donde todos ya saben que escondió el dinero debajo del colchón. Pidió una prórroga de setenta y dos horas porque lo notificaron a las diez de la noche con trescientas fojas de acusaciones, algo así como recibir la herencia de un tío rico y tener que explicarla antes del desayuno.

La crisis empezó cuando el Banco Central metió las manos en el Ueno Bank y congeló las cuentas de tres millones de personas, incluyendo fondos del Estado que nadie sabe cómo terminaron ahí, como si el dinero público fuera un asado que se guarda en la heladera del vecino. Peña, que antes tenía acciones en el grupo controlador del banco, asegura que ya se desprendió de ellas en dos mil veinticinco, pero el olor a billete quemado sigue flotando en el aire como churrasco olvidado en la parrilla.

Mientras tanto, miles de manifestantes salieron a las calles de Asunción y Ciudad del Este exigiendo la cabeza del presidente y, de paso, que alguien les devuelva lo que tenían ahorrado. Algunos hasta pidieron que lo encierren, como si la cárcel fuera la única forma de que los políticos entiendan que el dinero ajeno no se toca ni con guantes de seda. El Senado debate la prórroga mientras Peña repite que esto no es debido proceso, sino más bien un partido de fútbol donde le sacaron la pelota antes de que empezara el segundo tiempo.

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