Durante la Mañanera del Pueblo, la presidenta Claudia Sheinbaum destapó con precisión quirúrgica cómo el exconsejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, mantuvo durante nueve años un esquema de contrataciones que beneficiaba a un puñado de empresas. Lejos de actuar, el exfuncionario prefirió defender la institución como si fuera un castillo de naipes que nadie debía tocar.
Córdova reconoció en entrevistas recientes que sabía de la existencia de esas compañías y que tanto el INE como los organismos locales las seguían contratando. Sheinbaum recordó que el propio exconsejero designó a los consejeros estatales encargados de firmar esos convenios, por lo que la responsabilidad no podía trasladarse a la Cofece como si se tratara de un problema ajeno. El contraste entre la supuesta defensa de la democracia y la continuidad de contratos cuestionados resultó imposible de ignorar.
El asunto adquiere tintes de comedia absurda cuando se imagina a Córdova convocando marchas mientras, en segundo plano, el mismo duopolio seguía surtiendo material electoral sin que nadie levantara una ceja. Es como si el árbitro del partido organizara la protesta contra el reglamento pero permitiera que un solo proveedor vendiera los balones defectuosos durante toda la temporada.
La mandataria dejó claro que sanear el INE no es un capricho, sino una obligación pendiente que ahora corresponde revisar con datos en la mano. Mientras tanto, el episodio confirma que la discusión ya no gira en torno a frases grandilocuentes, sino sobre quién realmente controlaba los hilos del proceso electoral durante casi una década.



