El gigante asiático soltó la lengua como suegra en plena sobremesa y acusó a Estados Unidos de sabotear sus jugosos negocios con la isla. Todo porque Washington decidió incluir por primera vez a dos empresas chinas en su lista negra, acusándolas de venderle a Cuba cachivaches de defensa y sistemas de seguridad que, según ellos, huelen a pólvora y a contrabando.
Las sanciones apuntan al petróleo y a la tecnología cubana, pero Pekín lo tomó como si le hubieran robado el último chorizo de la nevera. El portavoz del ministerio de Exteriores soltó que China se opone firmemente a que le toquen las narices y que tomará todas las medidas necesarias para proteger a sus empresas, lo que en lenguaje diplomático significa que están dispuestos a montar el escándalo del siglo.
Mientras tanto, Cuba sigue sufriendo apagones, escasez y un bloqueo que parece sacado de una telenovela de los años setenta. Trump incluso ha dejado caer la posibilidad de una intervención militar, como si la isla fuera un patio de vecinos al que hay que desalojar a la fuerza. China, por su parte, ya afila los cuchillos y promete responder con todo lo que tenga a mano, incluyendo, quién sabe, un envío masivo de fuegos artificiales para recordarles a todos quién manda en el barrio.



