El presidente de Paraguay enfrenta un juicio político digno de una telenovela con final impredecible

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El mandatario paraguayo Santiago Peña se metió en un enredo que parece guion de una comedia de enredos barata: su propio partido lo empuja al banquillo mientras tres millones de ahorristas se quedan mirando el vacío donde antes estaba su plata en el Ueno Bank. El tipo dice que va a defenderse como si fuera a un examen oral sin haber estudiado ni una página.

En vez de largarse por la puerta de atrás como un alumno que copia en el recreo, Peña mandó un mensaje tranquilizador que suena a discurso de candidato que ya perdió: “vamos a aclarar todo sin encubrimientos”. Mientras tanto, el Congreso le dio treinta minutos para aparecer, como si fuera un repartidor de pizza que llega tarde.

Los senadores rechazan prórrogas, los bomberos se quedan sin nafta para los camiones, los manifestantes tiran huevos a las sucursales y hasta los docentes paran el lunes para exigir que no los dejen sin jubilación. Todo esto mientras el Estado había metido casi mil millones de dólares en un banco que empezó como una financiera del Mercado 4 y terminó pareciendo un ponzi con marketing de selección de fútbol.

La renuncia que no aceptaron, el ministro que cayó, la nuera que recibió plata para una boutique y los créditos millonarios a empresas que facturaban poco más que un kiosco forman un cóctel tan explosivo que hasta los bomberos voluntarios están en la ruina. Peña insiste en defenderse, el Senado apura el voto y el país entero parece esperar el capítulo final de una serie que nadie pidió pero que todos están viendo.

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