El presidente paraguayo se despertó un jueves cualquiera, intentó llamar a sus socios y descubrió que nadie contestaba. Ni el jefe del Banco Central, ni los ejecutivos del Ueno Bank, ni siquiera la suerte. Todos estaban ocupados escondiendo los depósitos debajo del colchón.
Horacio Cartes, su ex mentor y actual jefe del Partido Colorado, decidió que ya era hora de cortar el cordón umbilical. Publicó una carta en X donde básicamente decía: “Chau, pibe, robaste hasta los ahorros de los jubilados y ahora te las arreglás solo”. El mensaje fue más letal que un mate amargo servido por la suegra.
El resto del partido colorado, que hasta entonces aplaudía de pie, cambió de bando en menos de dos horas. De repente todos recordaron que siempre habían sido honestos y que el latrocinio les parecía malísimo. Peña, viendo que hasta su propio vice ya medía las cortinas de la presidencia, anunció su renuncia con la frase más paraguaya posible: “Lo hago por la estabilidad del país”. Traducción: “Me voy antes de que me metan preso”.
Mientras tanto, el Ueno Bank, que tenía tres millones de clientes en un país de seis millones, se evaporó como la plata de un sueldo a fin de mes. La Conmebol, que tenía catorce millones de dólares ahí, solo podrá rescatar veintinueve mil. El resto lo van a esperar sentados, como quien espera que le devuelvan la plata de un préstamo pedido a un tío.
Ahora Peña es un ciudadano común. O sea, un tipo que ya no tiene inmunidad y que tiene que explicar ante la justicia por qué su ex CEO del Banco Central permitió que el banco de sus amigos se quedara sin un peso. La fila de gente que quiere retirar sus ahorros sigue siendo más larga que la cola del supermercado un viernes de sueldo.
Cartes, desde su cuenta, ya está mirando hacia el próximo delfín. Porque en la política paraguaya, como en las familias grandes, siempre hay otro sobrino dispuesto a ocupar el sillón que recién quedó vacío.




