Santiago Peña renuncia a la presidencia de Paraguay por el colapso del Ueno Bank

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Santiago Peña tiró la toalla como quien deja el auto en medio de la ruta porque se le acabó la nafta y encima le reclaman el peaje. El ex mandatario grabó un video para explicar que lo hace por la estabilidad del país, la paz social y porque ya no quiere que lo sigan llamando por teléfono a las tres de la mañana. Mientras tanto, casi tres millones de paraguayos se quedaron mirando el celular como si esperaran que el Ueno Bank les devolviera los ahorros por arte de magia.

El golpe definitivo llegó cuando Horacio Cartes, el expresidente que sigue mandando como suegra en casa ajena, anunció que el Partido Colorado apoyaría el juicio político. Peña entendió el mensaje más rápido que un remisero que ve la luz roja: mejor irse antes de que lo saquen en andas. La oposición, por su parte, gritaba que no aceptaría la renuncia porque “por mucho menos sacaron a Lugo en dos días”. Ahora exigen que Peña pase por el Congreso como si fuera un examen de conducir con todos los semáforos en rojo.

En el debate, los legisladores discutieron si aceptaban la dimisión o seguían con el juicio político. Unos querían que Peña quedara sin inmunidad, otros advertían que lo iban a convertir en senador vitalicio y que después no habría forma de tocarlo ni con un palo de escoba. La frase más repetida fue “ahora manda Cartes”, como si el expresidente hubiera entrado por la ventana del Congreso con un megáfono y un cronograma ya impreso.

Mientras tanto, la Fiscalía abrió otra investigación penal, la Corte Suprema avisó que el Banco Central empezó la resolución del Ueno y los jugadores de la selección paraguaya salieron a pedir justicia con la misma cara de preocupación que cuando pierden un penal. Tres millones de ahorristas siguen esperando que alguien les explique dónde quedó la plata, y la única certeza que tienen es que el banco se cerró más rápido que una verdulería los domingos.

Peña se va, Alliana sube, Cartes observa desde la platea y Paraguay se queda con la misma sensación de siempre: que la plata de los jubilados y los trabajadores terminó en algún lado, pero nadie sabe exactamente en qué bolsillo. El país sigue adelante, como siempre, con la frente alta y la billetera más liviana.

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