Los gigantes tecnológicos están gastando setecientos cincuenta mil millones de dólares en inteligencia artificial este año, pero sus negocios principales empiezan a dar muestras de fatiga. La publicidad, el comercio electrónico y el consumo, que sostienen todo el castillo, crecen cada vez más despacio. En algunos casos la propia IA que tanto adoran les está robando clientes como un parásito que se come al anfitrión.
Alphabet informó que sus ingresos por búsquedas avanzan al ritmo más lento de los últimos cinco trimestres, aunque mantiene un presupuesto de capital de hasta doscientos cinco mil millones de dólares. Amazon vio cómo su publicidad y sus tiendas online frenaban el último trimestre, justo antes de anunciar doscientos veinte mil millones más en gastos. Microsoft y Meta mantuvieron sus pronósticos de inversión pese a que los inversores recibieron los resultados con cara de funeral.
Las acciones de Alphabet perdieron casi quinientos mil millones de dólares en valor de mercado en un solo día y siguieron bajando. Amazon cayó un dos coma cuatro por ciento, Meta un once por ciento desde sus resultados y el resto del sector tecnológico se contagió del pánico. Los inversores ya no preguntan si la IA dará beneficios, sino cuándo dejará de sangrar las cuentas.
La nube sigue creciendo, pero no compensa el daño. En Google el nuevo Modo IA atrae usuarios y al mismo tiempo reduce la monetización de las búsquedas tradicionales. Los ejecutivos admiten que la herramienta es cara y que aún no saben cómo meterle suficientes anuncios sin que los usuarios huyan despavoridos.
Al final la pregunta que flota en el aire es cómo van a recuperar tanto dinero tirado a la basura. Mientras tanto las empresas siguen emitiendo deuda, firmando contratos millonarios por centros de datos y prometiendo que el próximo modelo de IA lo resolverá todo. Los inversores, por su parte, ya empiezan a contar los billetes que les quedan en el monedero.




