Parece que en Wall Street se acabó la fiesta y empezó la cruda realidad financiera. Este jueves, los corredores de bolsa corrieron en círculos con las manos en la cabeza, provocando que el Nasdaq 100 se desplomara un 2,90%, su peor caída desde junio. La razón de este berrinche bursátil es que los genios de la tecnología se dieron cuenta de que su nuevo juguete, la inteligencia artificial, necesita más billetes que un cajero automático en día de quincena.
El campeón del drama fue Meta, cuyo valor se fue al suelo con una caída de casi 7%. Al parecer, los inversores leyeron la letra pequeña y descubrieron que la compañía de Mark Zuckerberg tiene compromisos de gasto por unos ridículos 825.000 millones de dólares. Es como comprarse un yate de lujo y luego darse cuenta de que no te alcanza para pagar el muelle. Para colmo, el seguro contra el impago de su deuda alcanzó un récord, señal de que el mercado confía en ellos tanto como en un político en campaña.
La histeria fue contagiosa, como un bostezo en una reunión aburrida. El índice de semiconductores, que agrupa a los que fabrican los cerebritos de la IA, recibió una paliza del 6,72%. Ni el mismísimo Elon Musk se salvó del chaparrón: Tesla retrocedió un 3,08% y hasta su empresa de cohetes, SpaceX, perdió un 9% en la bolsa, a pesar de que sus ingresos se duplicaron. Una lógica tan clara como un manual de instrucciones en sueco.
Ante este panorama desolador, los analistas salieron a decir lo obvio con palabras rimbombantes. Un tal Felipe Barragán advirtió que «los inversionistas exigen evidencia más concreta de rentabilidad». O sea, que dejen de gastar en juguetitos futuristas y empiecen a mostrar la plata. Como era de esperarse, los inversores huyeron despavoridos a comprar bonos del Tesoro, el equivalente financiero a esconderse debajo de la cama.
Mientras los genios de la tecnología sudaban frío, el precio del petróleo seguía subiendo como si no hubiera un mañana, recordándole al mundo que la inflación sigue al acecho. Pero no se preocupen, no todo está perdido en la economía global. Lockheed Martin, la compañía que se dedica al pacífico negocio de fabricar misiles, elevó su previsión de beneficios anuales. Alguien siempre gana en el caos.
En resumen: los titanes tecnológicos están descubriendo que su sueño de crear robots que nos dominen cuesta un dineral que no saben de dónde sacar, y Wall Street está haciendo un drama digno de telenovela. Mientras tanto, uno aquí sigue haciendo cuentas para ver si le alcanza para el aguacate. Prioridades, supongo.




