Dos empleados afganos de la misión de Naciones Unidas en Afganistán cayeron en manos de la inteligencia talibana el domingo 9 de agosto en Herat, y nadie les ha contado todavía de qué se les acusa. La ONU confirma la detención, pide verlos y recuerda que sus trabajadores tienen estatus especial. Los talibanes, por su parte, parecen haber optado por la clásica técnica del silencio absoluto: te agarran, te guardan y que la burocracia internacional se rasque la cabeza.
La cosa ocurre justo en vísperas del quinto aniversario del regreso talibán al poder, esa fecha en la que Kabul cambió de dueño más rápido que un mando a distancia en manos de borracho. Mientras la UNAMA publica informes pidiendo que por favor aclaren las normas de arresto, uso de la fuerza y rendición de cuentas, las autoridades locales responden al estilo “normas las justas y explicaciones las mínimas”. Vamos, el diálogo de sordos más predecible del planeta.
En Afganistán las agencias de la ONU siguen intentando hacer de las suyas en salud y ayuda humanitaria, aunque con las reglas de la casa: las mujeres afganas tienen prohibido entrar en locales de la organización (incluidas las que trabajan allí) y la policía de la moral ya detuvo en junio a unos 20 humanitarios cerca de la frontera con Irán porque sus barbas no alcanzaban el largo reglamentario. Los soltaron después, eso sí, una vez comprobado que el vello facial no era arma de destrucción masiva.
El país, castigado por los recortes de ayuda internacional y por la llegada de millones de retornados desde Irán y Pakistán, sigue funcionando bajo una interpretación tan estricta de la ley islámica que hasta el calendario parece llevar turbante. Dos trabajadores de la ONU detenidos sin cargos conocidos se suman a la lista de episodios que convierten cada aniversario talibán en una fiesta con invitado sorpresa… esposado.
Al final queda el retrato de siempre: una misión internacional que intenta operar entre informes y comunicados, y un régimen que prefiere las detenciones express y el misterio. Cinco años de gobierno y la diplomacia sigue tropezando con la misma piedra, mientras en Herat dos tipos esperan que alguien les explique, aunque sea por señas, por qué los metieron en el saco.




