Trump busca tumbar el impuesto a mansiones neoyorquinas como quien salva la fiesta

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El inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, ha salido a la palestra digital para anunciar que está escarbando en los cajones legales del Gobierno federal a ver si encuentra alguna herramienta con la que parar el impuesto a las segundas residencias de lujo en Nueva York. Ese gravamen que inventó el alcalde Zohran Mamdani y que un juez ya puso en pausa temporal, como quien le quita el micrófono al cuñado en plena sobremesa.

Según el propio Trump en su red social, este “desastre” le está costando una fortuna a la ciudad y al Estado, porque el dinerito que se recauda es una miseria comparado con lo que dejan de pagar las decenas de miles de personas que salen pitando hacia Florida, Texas y cualquier sitio donde no te miren raro por tener más casas que calcetines. “¡Esos estados se están forrando!”, ha soltado, mientras pinta Nueva York como un futuro basurero decadente, lleno de delincuencia y convertido en el hazmerreír del planeta. Vamos, que según él la Gran Manzana se va a quedar más chafada que churro del día siguiente.

El presidente se declara incapaz de quedarse de brazos cruzados mirando cómo se hunde “un lugar que una vez amé”, y de propina lanza una pulla a los “yihadistas de la izquierda radical” por los peajes de congestión. Todo muy sutil, como un ladrillazo envuelto en papel de regalo. El mensaje llega justo después de que el juez Wayne Ozzi, de Staten Island, ordenara al Departamento de Finanzas borrar el registro de 960.000 propiedades y prohibiera seguir molestando a los 17.000 dueños que ya habían recibido la cartita del susto. La tregua judicial dura al menos hasta el 31 de agosto.

El impuesto, que había arrancado el 1 de julio, apunta a viviendas de 5 millones de dólares para arriba y a coops y condominios de al menos un millón, siempre que no sean la residencia principal del dueño. La Alcaldía lo vende como un toque de atención a los ultrarricos de fuera y a las élites globales que usan los pisos neoyorquinos como hucha gigante en lugar de hogar. Esperaban sacar 500 millones de dólares al año. Trump, en cambio, lo ve como el principio del apocalipsis inmobiliario: primero se van los que pagan, luego llega la ruina y al final la ciudad se convierte en decorado de película de catástrofes. Y él, como presidente, no está dispuesto a mirar el espectáculo con palomitas.

En resumen: pelea de titanes entre el magnate que colecciona torres y el alcalde que quiere cobrarle el extra a quien tiene casa de más. Nueva York, esa eterna telenovela donde hasta los impuestos salen con drama, gritos y amenaza de mudanza masiva.

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