El presidente Donald Trump protagonizó en Turquía una escena digna de película de espías rodada con presupuesto de mercadillo: lo sacaron a escondidas del Air Force One metido en un camión de catering antes de que el avión despegara con periodistas y personal a bordo. Todo por una amenaza iraní de asesinato que, según la prensa, tenía pinta de seria. El Washington Post contó que el 8 de julio, con el avión aún en tierra, el equipo de seguridad activó el plan “sálvese quien pueda… empezando por el jefe”.
Trump subió al avión presidencial delante de cámaras y fotógrafos, sonrisa de campaña incluida, mientras dos contenedores de suministro se elevaban con grúas hidráulicas. Luego, como mago de feria, desapareció por uno de esos contenedores y saltó a un avión más pequeño de la Fuerza Aérea que esperaba cerquita. Mientras tanto, una docena de periodistas viajaban en otra sección del Air Force One sin enterarse de nada. Despegaron de Turquía creyendo que iban con el presidente y resultaron ser el señuelo más caro y menos informado de la historia reciente. Algunos se enfadaron soberanamente al descubrir que los habían usado de cebo humano sin avisar. Otros se quejaron de engaño y de que la Casa Blanca les dejó más a oscuras que las persianas que les obligaron a bajar durante el despegue.
Esa orden de bajar las persianas ya olía a raro. Fuera de zona de combate no es normal. Los reporteros mandaron crónicas mencionando la instrucción del Servicio Secreto y después se enteraron de que volaban potencialmente en la mira iraní mientras Trump ya iba en otro lado. El viaje a la cumbre de la OTAN venía con trama previa: Trump había llegado en el lujoso Boeing 747 regalado por Catar, pero como ese no traía sistemas antimisiles decentes, tuvieron que recurrir al Air Force One de siempre. Luego, en una escala en Reino Unido, el presidente volvió al avión catarí para regresar a Washington. Cuando le preguntaron por las persianas, soltó que probablemente iban en un vuelo peligroso “por los sacos de inmundicia con los que tenemos que lidiar” y remató con un “si yo me voy, ustedes se van, ¿verdad?”. Para redondear la delicadeza, sugirió que quizá algún día quisieran cambiar de profesión.
La Casa Blanca aún no ha explicado el cambalache de aviones con detalle. El director de comunicaciones, Steven Cheung, se limitó a decir que hay muchos enemigos de Estados Unidos y que usan todas las herramientas disponibles. Traducción: improvisamos un numerito de escondite en contenedor de comida y los periodistas se enteraron por la prensa. No es la primera vez que pasa algo parecido: Bill Clinton ya cambió de avión en el 2000 camino de Pakistán con un señuelo lleno de agentes, y Joe Biden viajó a Ucrania en 2023 con secreto de confesionario. Pero ninguno se había bajado por la puerta de servicio de un camión de catering como si fuera el repartidor de empanadas presidenciales.
Al final quedó el retrato perfecto del momento: un presidente que entra por la escalerilla principal para la foto y sale por el contenedor de los sándwiches para salvar el pellejo, mientras la prensa vuela de señuelo con las persianas bajadas y cara de “¿y esto con qué se come?”. Seguridad de alto nivel o capítulo perdido de una comedia absurda. En cualquier caso, los iraníes se quedaron sin objetivo y los periodistas sin presidente… pero con una historia que ni en sus peores resacas hubieran inventado.




