La jefa de la CPI dice que ni bloqueándole las tarjetas se rinde

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Tokio. La presidenta de la Corte Penal Internacional, la japonesa Tomoko Akane, salió este jueves con el pecho inflado y aseguró que no bajará los brazos aunque las sanciones estadounidenses se le extiendan a toda la institución como resfriado en oficina sin ventanas. Estados Unidos le cayó la semana pasada con sanciones a ella y al fiscal adjunto senegalés Abdoulaye Seye, en plena campaña contra la corte a la que acusa de andar “politizada”, ese adjetivo que suena a regaño de suegra cuando no le gusta el yerno.

Las sanciones les prohíben pisar territorio estadounidense y les bloquean cualquier movida inmobiliaria o financiera por allá, o sea, ni comprar un depa ni pagar el Uber con tarjeta. Hablando a distancia ante periodistas en Tokio, Akane confesó que de momento el golpe se tradujo en el bloqueo de sus tarjetas de crédito, ese drama moderno que deja a cualquiera mirando la cuenta como quien descubre que el cajero se tragó el billete. Aun así prometió mantenerse firme: “Aunque se añadan sanciones contra la propia CPI, no bajaremos los brazos”. Y de postre le mandó flores a Japón: siempre ha hecho del estado de derecho un pilar de su diplomacia, así que tanto ella como la comunidad internacional le tienen puestas las expectativas como a delantero en penales.

Las declaraciones llegaron un día después de que la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, negara que su gobierno estuviera mostrando “debilidad” por calificar las sanciones gringas de simplemente “muy lamentables”, formulita un poquito más suave que el clásico “sumamente lamentables” de manual diplomático. “Como principal contribuyente a la financiación de la CPI, debemos proteger una organización de tal importancia”, soltó Takaichi a periodistas, añadiendo que Japón “se comprometerá cuando y donde sea necesario”, frase de esas que suenan a “aquí estamos, pero veamos el clima”.

Fundada en 1998 y en marcha desde 2002, la CPI es la jurisdicción penal internacional permanente encargada de juzgar genocidio, crímenes de lesa humanidad, crimen de agresión y crímenes de guerra. Estados Unidos firmó el Estatuto de Roma pero nunca lo ratificó, ese clásico de “yo firmo la lista del súper pero no paso por caja”. Ni Israel ni Rusia son miembros. Y ahora Washington anuncia que va a intensificar esfuerzos para convencer a otros países de que abandonen el barco, como quien organiza la despedida del grupo de WhatsApp familiar.

Así que el cuadro queda servido: jueza con tarjetas congeladas, promesas de aguante, Japón entre el “muy lamentable” y el cheque de aportaciones, y una corte que sigue intentando juzgar lo injusticiable mientras le tiran sanciones como confeti en fiesta a la que no la invitaron. En esta telenovela de tribunales, plásticos bloqueados y diplomacia de adjetivos, el único que todavía no ha pedido prórroga es el estado de derecho… y ya va con ojeras.

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