Wall Street vive una fiesta histórica pero los invitados se esconden en el baño

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En uno de los giros más absurdos de la historia financiera reciente, la bolsa de valores estadounidense está en su mejor momento, rompiendo récords como si no hubiera un mañana, pero los inversores tienen la misma cara de alegría que alguien a quien le acaban de notificar una auditoría fiscal. El mercado está organizando la fiesta del siglo, con ganancias espectaculares y números por las nubes, pero la mayoría de los asistentes están acurrucados en un rincón, esperando a que todo explote.

Los datos son para enmarcar y ponerlos en la sala. El índice S&P 500 superó los 7.700 puntos, una cifra que hace unos años sonaba a ciencia ficción, y las empresas reportaron un aumento de beneficios del 32% en el segundo trimestre. Según Mark Hackett, un estratega de Nationwide, estamos en «el mejor entorno de resultados de la historia» y habría que ser un verdadero genio del pesimismo para encontrarle un defecto a la situación. Sin embargo, parece que los genios del pesimismo andan sueltos.

La desconfianza es tal que se ha convertido casi en un deporte nacional. Según las encuestas, durante 20 de las últimas 25 semanas ha habido más gente esperando el apocalipsis bursátil que optimistas celebrando la bonanza. El dinero nuevo entra a los fondos de inversión con la misma velocidad que un caracol con reumatismo. Es como si a todos les hubiera tocado la lotería al mismo tiempo, pero nadie se atreve a cobrar el boleto por si es una estafa.

Claro, los aguafiestas tienen su lista de excusas perfectamente memorizada: que si la Reserva Federal se pone de mal humor y sube las tasas, que si la inflación se sale de control, que si hay tensiones en Medio Oriente. Son los monstruos de siempre debajo de la cama financiera, fantasmas que sirven de coartada perfecta para justificar el pánico colectivo y no disfrutar del momento, no vaya a ser que la felicidad dure demasiado.

Pero aquí viene la parte más irónica de todo este drama: esa misma cobardía generalizada podría ser el ingrediente secreto que mantenga viva la fiesta. Los analistas más astutos sugieren que, como no todo el mundo ha metido su dinero a lo loco, todavía queda mucho combustible para que el cohete siga subiendo. El miedo de hoy podría ser la ganancia del mañana, una idea tan retorcida que solo podría salir de Wall Street.

Al final, el mercado se comporta como un adolescente incomprendido que solo quiere que lo quieran, mientras los inversores actúan como padres sobreprotectores que le ven defectos por todas partes. Quizás la bolsa siga subiendo por pura terquedad, solo para demostrarles a todos los asustadizos que se estaban preocupando por nada. O quizás no, pero la tragicomedia es digna de una butaca en primera fila.

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