El aumento anual llegó al 3.5 por ciento en las ciudades, mientras la inflación oficial se quedó en 3.1 por ciento. En el campo la canasta básica costó 3,494 pesos, apenas 2.9 por ciento más que el año anterior. Estos números marcan la diferencia entre llegar a fin de mes o pedir prestado hasta el aire.
La canasta solo de alimentos subió 3.8 por ciento en zonas urbanas y alcanzó 2,545 pesos. En el campo llegó a 1,894 pesos con un incremento más moderado de 2 por ciento. Quien no cubra estos montos ya está oficialmente en pobreza por ingresos o en pobreza extrema.
Los productos que más golpearon el bolsillo fueron la papa con un salto de 62 por ciento, la cebolla con 33 por ciento y la comida fuera de casa con 6 por ciento. El transporte público subió 8 por ciento y los gastos en educación, cultura y recreación aumentaron 5.9 por ciento. Cada viaje en camión o cada clase de guitarra ahora cuesta una broma pesada.
En las zonas rurales los mismos rubros empujaron el alza, aunque con números algo menores. La gente del campo también paga más por moverse y por entretenerse, solo que con menos ingresos para empezar. El resultado es que tanto en la ciudad como en el monte la línea de pobreza se acerca cada mes.
Al final, quien no logre reunir esos miles de pesos mensuales queda clasificado como pobre por ingresos, y quien ni siquiera cubra la comida pura entra directo a la pobreza extrema. La única diferencia real es si comes tortilla con sal o directamente te saltas la comida.




