Hay gente que se levanta optimista, y luego está Emiliano Kargieman, un tipo que desayuna café con combustible para cohetes. El fundador de Satellogic, cuya acción ha subido un 180% este año, mira su cotización de 5 dólares y, sin que le tiemble el pulso, anuncia que debería valer 500. Es el tipo de confianza que uno esperaría de alguien que planea conquistar el mundo desde un escritorio en Buenos Aires.
La fórmula mágica para este milagro financiero es, aparentemente, venderle satélites a los gobiernos para que se espíen entre ellos. Después de un cambio de rumbo que le costó «sangre, sudor y lágrimas», Satellogic ahora obtiene el 95% de sus ingresos de contratos de defensa e inteligencia. La empresa facturó 15,9 millones de dólares en el segundo trimestre, un 259% más que el año anterior, demostrando que la paranoia gubernamental es un negocio más rentable que vender empanadas.
A pesar de sus proyecciones de facturar hasta 1.000 millones de dólares anuales, Kargieman sufre el clásico síndrome de «nadie es profeta en su tierra». Mientras le vende tecnología a la Fuerza Aérea de Brasil, en su Argentina natal todavía no ha logrado cerrar ni un miserable contrato. Él, optimista como siempre, sugiere que podría ayudar a monitorear la pesca ilegal en el Atlántico Sur, probablemente porque los peces no piden coimas ni complican las licitaciones.
Pero los satélites son solo el calentamiento. La verdadera pasión de Kargieman parece ser crear un ejército de empresas manejadas por inteligencias artificiales, con dueños humanos que solo se dedican a cobrar. Sus ideas, plasmadas en un documento, han inspirado un proyecto de ley para que Argentina se convierta en el paraíso fiscal de los bots. Según su visión, el país podría pasar de tener 10 millones de trabajadores a tener 500 millones de «inteligencias» generando valor, una forma elegante de decir que tu próximo jefe podría ser una licuadora con ínfulas.
Y como si todo eso fuera poco, también está detrás de un plan para que OpenAI instale un centro de datos de 25.000 millones de dólares en Neuquén, aunque admite que «la pelota está en la cancha de OpenAI». Entre satélites espías, jefes robots y mega centros de datos, Kargieman no solo está pensando fuera de la caja, sino que directamente ha lanzado la caja a la estratosfera. Ahora solo queda esperar a ver si su cohete llega a los 500 dólares o explota en la plataforma de lanzamiento, llevándose consigo las esperanzas de los inversores.




