En el gran teatro de la economía mundial, Estados Unidos y Japón están protagonizando una comedia de enredos que ni Cantinflas podría haber improvisado. En público, se dan palmaditas en la espalda y juran amor eterno para fortalecer al yen. Pero tras bambalinas, la cosa es un drama digno de telenovela de las nueve, donde el secretario del Tesoro gringo, Scott Bessent, y la líder japonesa, Sanae Takaichi, no se ponen de acuerdo ni en el color del dinero.
Por un lado, tenemos a Bessent, un tipo que en sus años mozos ayudó al legendario George Soros a quebrar la libra esterlina y ahora, en un giro irónico del destino, se pone el traje de consejero monetario. Su receta es simple y directa, como orden de sargento: Japón debe subir sus tasas de interés, que actualmente están en un mísero 1%, para que el yen deje de valer menos que una promesa de campaña. Básicamente, les está diciendo: «¡Dejen de regalar el dinero, caramba!».
En la otra esquina, Takaichi sufre de un caso agudo de estrés postraumático económico. Está aterrada de subir las tasas de interés porque su mentor, el ex primer ministro Shinzo Abe, lo hizo en 2006 y la economía se fue a pique más rápido que su popularidad. Takaichi teme que apretar el cinturón monetario ahogue la recuperación económica, una situación que la tiene más nerviosa que a un gato en una perrera, mientras su propia aprobación ciudadana cae en picada.
Y para demostrar su increíble coordinación, el mismo día que Estados Unidos se lanzó a comprar yenes por primera vez desde 1998 en un intento heroico por rescatarlo, el Banco de Japón decidió que era un excelente momento para no hacer absolutamente nada. Fue como si un bombero intentara apagar un incendio con una manguera mientras su compañero le echa gasolina. Los analistas, con la boca abierta, solo atinaron a decir que se había «perdido una oportunidad de oro».
Como era de esperarse, el efecto del rescate duró menos que un político honesto. El yen, después de un breve respiro, volvió a su triste realidad, acercándose peligrosamente a la barrera psicológica de 160 por dólar. Ahora todos miran a ver si Japón se atreve a subir las tasas en septiembre u octubre, algo que no hacen con tanta frecuencia desde la burbuja inmobiliaria de 1989, cuando el dinero valía más que la sensatez.
Mientras estos dos titanes juegan a la cuerda floja política, el yen sigue atrapado en medio, devaluándose y preocupando a los ciudadanos que ven cómo sube el costo de la vida. Bessent insiste en que Japón va «por detrás de la curva», y Takaichi se aferra a la independencia de su banco central. Al final, parece que la única política monetaria clara es la de «sálvese quien pueda», y el yen es el que paga los platos rotos.




