El Rin, el Danubio y el Elba decidieron tomarse unas vacaciones de agua y ahora lucen más secos que la excusa de un político en campaña. Los niveles bajos están obligando a los barcos a transportar apenas un tercio de su carga habitual, lo que ha disparado los precios del flete como si el río cobrara por cada gota que falta.
En Duisburgo, el puerto más grande de Europa interior, las barcazas ya solo llevan migajas industriales. Las siderúrgicas, químicas y refinerías tienen que recurrir a barcos más pequeños, trenes y camiones, como quien cambia de taxi porque el metro decidió cerrar por capricho. El resultado es que hasta el petróleo viaja en cuentagotas y las tarifas han alcanzado los doscientos euros por tonelada, una cifra que parece sacada de una rifa mal organizada.
El ministro de Transporte se reunió con industriales y navieros para discutir el problema, pero las soluciones siguen en el cajón mientras los bancos de arena aparecen como manchas de calvicie en la cabeza del río. El presidente de la asociación de transporte fluvial ya advirtió que el 2026 podría terminar como un fenómeno de cada siglo, aunque en Alemania parece que el siglo llega cada vez más seguido.
Empresas como Thyssenkrupp, BASF y Covestro están usando embarcaciones de poco calado o desviando mercancía por carretera, mientras Shell acumula inventarios como si preparara un apocalipsis de fin de semana. Al final, la gran economía europea recibe otro golpe justo cuando ya andaba resfriada por los costos de energía y la competencia mundial. Es como si el Rin hubiera decidido que, si no puede llevar mercancía completa, mejor se lleva de paso la paciencia de media industria.



